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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

17 julio 2013

En gratitud a Marilé





El inicio del verano fue también una visita inesperada y festiva. Mientras terminábamos la cena y charlábamos de una cosa y otra en el teléfono apareció la voz dulce y cantarina de mi querida Marilé. Había llegado esa misma noche a Palma y me llamó desde el hotel. Es cierto que nos habíamos visto hacía poco; apenas en abril, en una tardecita todavía tibia de Buenos Aires, nos abrazamos y lloramos una en el hombro de la otra sin que hiciera falta que dijéramos ninguna de las dos ni una palabra; las dos sabíamos las ausencias que nos anudaban la garganta.

Pero ahora Marilé estaba en Palma, y a mí la sonrisa no se me iba de la cara. Con nuestros amigos de infancia, con quienes hemos compartido la inocencia de los juegos, el descubrimiento abrumador de la vida, la aventura deslumbrante de los primeros conocimientos, nos une para siempre algo así como una fraternidad indestructible. Marilé no necesita que le explique quién soy, ni mis motivos ni mis argumentos; Marilé no me juzga ni me condena ni me perdona. Marilé sabe.

A propósito de su visita, de esos breves días de fiesta de inicios del verano que pudimos pasar juntas, he pensado muchas cosas que de alguna forma ya sabía pero no había organizado todavía (es probable que no lo haya organizado del todo todavía). Uno de los "problemas" (no es esta exactamente la palabra) de la emigración es el de la identidad. Pero no la identidad nacional, el ser de un país u otro, sino la más íntima de las identidades. Quién es uno. Uno es lo que recuerda, sí; lo que puede narrar como su historia, la propia y aquella más amplia de la que le tocó ser testigo, y que de alguna forma se fue enredando con la suya. Pero uno es también lo que los demás ven en uno, dicen de uno, piensan de uno, saben de uno: la madre de Fulanito, la hija de Menganita, la hermana de Cual, la vecina de tal pìso, la dueña de tal coche, la profesora de mi hijo el menor, la empleada que me atiende en la verdulería, la chica que ayuda a mi amiga en la casa, la médica que atendió a papá cuando lo de la garganta, la arquitecta que arregló la casa de los Juan Pérez, mi compañera de banco en segundo grado, el cura que bautizó al mayor, la peluquera de la peluquería de la esquina.

Uno es también esas referencias, y sabe quién es el que tiene enfrente por esas referencias, a veces mínimas. Y hay un período de la emigración (a veces insoportablemente largo) en el que uno no es nada para nadie. Uno es un florero de vidrio transparente y vacío, lleno de nada. Pasado ese tiempo inicial, todo son explicaciones, justificaciones, palabras. Atrás de ese relato no hay nada en común con la gente que vamos conociendo (si es que vamos conociendo). Uno es un gentilicio (un inglés, un moro, un peruano, un ruso, un argentino) que vive ahí. Y nada más.

Marilé sabe quién soy; y es el alivio de no tener que dar ninguna explicación, de no tener que recurrir a ninguna palabra. El abrazo es el abrazo, la risa es la risa y el llanto es el llanto.

Gracias Marilé. Mil veces gracias.


(En la primera foto, que me trajo en su maleta, estamos en la mesa de clase, en primer grado; ni ella ni yo recordamos los nombres de las otras dos nenas, por lo que deducimos que no siguieron en el colegio mucho tiempo. Teníamos 5 y 6 años. Era algún mes entre marzo y diciembre de 1960.
En la segunda estamos en la playa de Es Trenc. Era julio de 2013. Ha pasado muuuuuuucho tiempo. Mejor ni calcular.)