Diario de viaje: una argentina en Mallorca

Mi foto
Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

19 julio 2013

Qué leo






Trilogía de la ocupación, de Patrick Modiano. Tres novelas breves e iniciales del autor. Lo de iniciales es en este caso particularmente apropiado de señalar, creo, porque son el fundamento en el que se apoyará toda la obra posterior del autor. Lo que está ahí aunque no se vea, y de alguna forma determina o hace posible (o imposible) todo lo que vendrá. Entré a Modiano por una novela también muy breve, y mucho más reciente, Dora Bruder, de la que creo que hablé aquí (si no: se las recomiendo fervorosamente; fue la mejor lectura en mucho tiempo, y un feliz descubrimiento de lectora).

Esta trilogía es bastante más ardua de leer. Es un clima que mezcla la traición, la frivolidad más peligrosa, la mentalidad más rastrera y egocéntica, pero también el absurdo, el azar, de alguna forma la buena o mala fortuna. Y es inquietante, perturbador, porque además de iluminar los rincones oscuros de un tiempo y un lugar (París, la ocupación y la primera postguerra), nos obliga a pensar en cuánto de lo que hacemos está determinado por la más feroz de las maldades, pero también en muchos casos, muchas más veces de lo que somos capaces de admitir, por la mentalidad de una época, por la corriente en la que nos dejamos arrastrar naturalmente, como si todo aquello (la vida, finalmente) no tuviera nada que ver con nosotros, ni nuestras decisiones ni nuestra voluntad. El famoso "es lo que hay" con el que solemos justificarlo todo.

El prólogo de la edición que leo es del escritor mallorquín José Carlos Llop, que viene a decir, sobre todo, que él lo leyó primero, y hace ya mucho tiempo, tanto tanto que ya le ha quedado un recuerdo que tendría que confirmar.

17 julio 2013

En gratitud a Marilé





El inicio del verano fue también una visita inesperada y festiva. Mientras terminábamos la cena y charlábamos de una cosa y otra en el teléfono apareció la voz dulce y cantarina de mi querida Marilé. Había llegado esa misma noche a Palma y me llamó desde el hotel. Es cierto que nos habíamos visto hacía poco; apenas en abril, en una tardecita todavía tibia de Buenos Aires, nos abrazamos y lloramos una en el hombro de la otra sin que hiciera falta que dijéramos ninguna de las dos ni una palabra; las dos sabíamos las ausencias que nos anudaban la garganta.

Pero ahora Marilé estaba en Palma, y a mí la sonrisa no se me iba de la cara. Con nuestros amigos de infancia, con quienes hemos compartido la inocencia de los juegos, el descubrimiento abrumador de la vida, la aventura deslumbrante de los primeros conocimientos, nos une para siempre algo así como una fraternidad indestructible. Marilé no necesita que le explique quién soy, ni mis motivos ni mis argumentos; Marilé no me juzga ni me condena ni me perdona. Marilé sabe.

A propósito de su visita, de esos breves días de fiesta de inicios del verano que pudimos pasar juntas, he pensado muchas cosas que de alguna forma ya sabía pero no había organizado todavía (es probable que no lo haya organizado del todo todavía). Uno de los "problemas" (no es esta exactamente la palabra) de la emigración es el de la identidad. Pero no la identidad nacional, el ser de un país u otro, sino la más íntima de las identidades. Quién es uno. Uno es lo que recuerda, sí; lo que puede narrar como su historia, la propia y aquella más amplia de la que le tocó ser testigo, y que de alguna forma se fue enredando con la suya. Pero uno es también lo que los demás ven en uno, dicen de uno, piensan de uno, saben de uno: la madre de Fulanito, la hija de Menganita, la hermana de Cual, la vecina de tal pìso, la dueña de tal coche, la profesora de mi hijo el menor, la empleada que me atiende en la verdulería, la chica que ayuda a mi amiga en la casa, la médica que atendió a papá cuando lo de la garganta, la arquitecta que arregló la casa de los Juan Pérez, mi compañera de banco en segundo grado, el cura que bautizó al mayor, la peluquera de la peluquería de la esquina.

Uno es también esas referencias, y sabe quién es el que tiene enfrente por esas referencias, a veces mínimas. Y hay un período de la emigración (a veces insoportablemente largo) en el que uno no es nada para nadie. Uno es un florero de vidrio transparente y vacío, lleno de nada. Pasado ese tiempo inicial, todo son explicaciones, justificaciones, palabras. Atrás de ese relato no hay nada en común con la gente que vamos conociendo (si es que vamos conociendo). Uno es un gentilicio (un inglés, un moro, un peruano, un ruso, un argentino) que vive ahí. Y nada más.

Marilé sabe quién soy; y es el alivio de no tener que dar ninguna explicación, de no tener que recurrir a ninguna palabra. El abrazo es el abrazo, la risa es la risa y el llanto es el llanto.

Gracias Marilé. Mil veces gracias.


(En la primera foto, que me trajo en su maleta, estamos en la mesa de clase, en primer grado; ni ella ni yo recordamos los nombres de las otras dos nenas, por lo que deducimos que no siguieron en el colegio mucho tiempo. Teníamos 5 y 6 años. Era algún mes entre marzo y diciembre de 1960.
En la segunda estamos en la playa de Es Trenc. Era julio de 2013. Ha pasado muuuuuuucho tiempo. Mejor ni calcular.)

11 julio 2013

Preverano o antes de San Juan




Antes de que a estas islas llegara el calor ardiente del verano furioso tuvimos visitas. Unas esperadas y planeadas, y otras sorprendentes.

Las planeadas largamente , disfrutadas desde esos planes como se disfruta la promesa de un pote de dulce de leche desde que se sabe que allí estará, esperando al final del viaje, son las de las foto. Mi hermana, miúnicahermana, y Bocha, su marido, miúnicocuñado. Paseamos, charlamos, comimos, chusmeamos, y como siempre el tiempo se nos quedó corto. En fin. Habrá otros viajes, de ida y vuelta. Disfrutemos por ahora de lo que tenemos, y que nos dure.

En la primera foto, el Bibi y Cris en Cap Rocat, el restaurante pegado al mar en el que cenamos la última noche de la visita. Y en la segunda si no recuerdo mal, estamos en Sant Elm, donde Cristina y yo estuvimos, niñas, con mamá y papá. Ella no se acuerda. Yo sí. Y curiosamente mamá, que no se acuerda de que papá está muerto, también. Misterios de las conexiones cerebrales, supongo.