Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

24 septiembre 2011

¿No las puse?


No. No puse ninguna foto de esas casas santanderinas que miran al mar, y que a mí me dan como un escalofrío de dura y pura envidia. Ahí van.

19 septiembre 2011

Ya en Bilbao



La estación de Bilbao está alterada. Hay mucha gente esperando a viajeros que como yo vienen de Santander, que deberían haber llegado hace tres horas. En fin, que allá dejo a mi pobre mulata, que tenía que seguir hacia Pamplona y ahora quedó varada en Bilbao sin manera de continuar su viaje, de noche, sola, sin teléfono, seguramente con muy poco dinero. De cuántas cosas me quejo yo. En fin.
Yo me voy a buscar el amparo y el cariño que siempre encuentro en casa de mis anfitiones bilbaínos (castellana y leonés, sí, pero ya bilbaínos), que me esperan con una enorme paciencia.
En casa de Octavio y Pili están también de visita "la hija de Madrid" y su marido, que también me reciben como si fuera una más de esa familia a la que quiero tanto, que me ata a este país con unos lazos de afecto como me han atado antes mis abuelos. No encontré en Palma amigos tan cercanos, tan enormemente buenos, con los que me sienta tan acompañada y tan querida.
Es viernes a la noche, y ya tarde. A pesar de la rodilla averiada de Octavio, que está recientemente operado, han hecho planes para mí durante el fin de semana. Así que una vez contadas y comentadas las novedades familiares, las del curso, las del nieto (ay esa mirada de abuelo y nieto en las fotos, cuánta ternura), las de los hijos viajeros y estudiantes, nos vamos a descansar. Me esperan Bilbao y esta excelente compañía el fin de semana.

De Santander a Bilbao: 100 km.


Para llegar de Santander a Bilbao hay más o menos 100 km de autopista. Breve trayecto que se cubre en poco más de una hora en unos autobuses perfectamente cómodos, baratos, seguros y muy frecuentes. Así que yo llegué a la estación de Santander donde me había bajado el domingo anterior, averigüé que en poco más de una hora tenía uno que me llevaba a mi destino, dejé mi única valija en la consigna (el señor que me ayudó a meterla ahí adentro me dijo que mi "maleta era muy guapa", y yo me acordé de mi Bibi, que dice siempre que hay que gastarse un dinero en maletas, que uno no puede andar por esos mundos con una maleta desastrada), me fui a darle una vueltita final a esa ciudad tan bonita y llegué todavía con el tiempo de esperar al autobús, que se retrasó en llegar unos 15 minutos (protestas generalizadas).
En la espera charlé con una mulata enorme, joven, intensamente caribeña en el paisaje de una estación de autobuses del norte de España. Y a su lado me tocó sentarme una vez que nos acomodamos en los asientos.
¿Ven el mapa? Algo más de 100 km. Bueno: tardamos 4 horas en llegar. Sin que hubiera ocurrido ningún choque ni catástrofe; con un tiempo de verano atardeciendo dulcemente, en un autobús nuevo y en perfectas condiciones, y una carretera cuidada y lisa como una mesa de billar. Tuve tiempo de enterarme de la vida (agitadísima) y obra de mi mulata caribeña (dominicana, para más datos), que hablaba más que yo (lo que es muchísimo, pero muchísimo muchísimo), y hasta de ayudarla cuanto pude (más bien poco) en su desesperación y su ansiedad.
Cosas que tienen los viajes.

18 septiembre 2011

El final

El curso de Antonio Muñoz Molina terminó el viernes pasado al mediodía. Aquello fue un desbande de sillas y gente despidiéndose, pasándose correos y teléfonos. Diego, el marido de mi compañera Celia, consiguió burlar los controles y filtrarse en esa última clase. Se merecía estar allí más que muchos. Diego trabaja de jardinero; es un lector empedernido, y no sólo de Muñoz Molina, y le hubiera sido imposible participar todos los días: su trabajo es más duro que nunca en verano.
Así que me despido de ellos dos que salen rápido porque van a pasar el fin de semana a Portugal, y busco a Carlos, "la mirada melancólica", cuyo encuentro fue la sorpresa que me esperaba en Santander. Lo encuentro por fin y caminamos juntos bajo el sol, bajando de la Península hacia la Playa del Sardinero. Carlos es un hombre atento y cordial, que a pesar de que lo esperan me acompaña y no se va hasta no asegurarse de que quedo ubicada en un restaurante, lista para comer. Me alegró conocerlo. Por alguna razón no volví a saber de él. Como soy una culposa pienso, ahora, que quizás dije algo que no le gustó. En fin. Quizás no sea nada de eso.
Yo almorcé, liquidé las cuentas en el hotel y partí hacia la estación de autobuses. Me esperaba un rápido viaje de algo más de una hora hasta Bilbao. Las cosas no siempre son como uno las programa.

17 septiembre 2011

Y una curiosidad: la Playa del Camello


La playa que yo tenía más cerca era la que bordea por un lado la península en la que está el Palacio de la Magdalena. Es una playa pequeña rodeada de rocas; no rocas enormes como las de Playa Chica, sino unas rocas como muy gastadas por el oleaje y el viento. Y curiosamente ese desgaste produjo en una de ellas la figura exacta de un camello echado sobre la arena. A eso le debe el nombre. Cuando vuelva a Santander, que volveré, haré un poco más de vida de playa. Y seguramente esa será la que elija. O la calita de la península de la Magdalena en la que hice picnic con Celia una tarde de verano.
Si agrandan la foto verán el camello tal como lo vi yo.

La Playa del Sardinero y el final de Santander


El jueves a la tarde Celia y su marido me invitaron a cenar. Primera enseñanza del viaje: tengo una tendencia horrible a creer que a todo el mundo le caigo horriblemente mal, que a mí nadie puede mirarme con cierta simpatía; que a nadie puedo interesarle. Esa chica que el azar sentó a mi lado en las clases de la UIMP me hizo el viaje muchísimo más cálido, más acompañado, más humano de lo que hubiera sido sin ella. Con un enorme desinterés y una enorme generosidad me mostró la ciudad, me permitió compartir con ella y sus amigos caminatas y charlas, me trató como a una amiga. No lo olvidaré.
Gracias a su invitación paseé por el centro de la ciudad de noche; yo no sé cómo será en invierno, o cómo será en un verano de mal tiempo. Tal como yo la vi y la viví Santander es una ciudad limpia, alegre, llena de vida. Con casas mirando el mar que me recordaron mucho a las viejas casas marplatenses, con playas amplias y con pequeñas calas. Una ciudad preciosa.
Por lo que sé fue lugar de veraneo de la burguesía castellana; tuvo siempre y por lo que vi conserva todavía una relación estrecha con Castilla; por el puerto de Santander salía toda la producción agropecuaria de la meseta, y mantiene cierto aire conservador, en el mejor sentido del término. Me gustó mucho. Me lo anoto para volver.

16 septiembre 2011

Y el palmero de Serapio, conmigo



Como verán más que palmero es palmerísimo. Interminablemente largo y flaco, es casi natural que si fecunda él solo todas las palmeras de Santander esté un poco demacrado, el pobre. Es que no tiene un minuto de sosiego.

El palmero de Serapio sinmigo


Yo no sé si de verdad será palmero o si será simplemente otra variedad de palmera. Lo cierto es que Serapio, que merece toda mi confianza porque es una científica, me aseguró que si yo buscaba bien encontraría en lo alto de una cuesta santanderina la figura altísima y flaquísima de un palmero que fecundaba él solo, único ejemplar, a todas las palmeras de Santander. Así que yo no sólo lo busqué sino que arrastré conmigo, a la búsqueda del tan mentado y fértil palmero, a Celia, mi compañerita de curso, y a sus amigos. A pesar de haber pasado varios veranos en la ciudad, ninguno de ellos tenía la más lejana noticia del semejante fenómeno palmeril. Así que si no es cierto, al menos conseguí sorprender a los que son más lugareños que yo, que me creyeron a pie juntillas, como yo le creí a Serapio. Ahí va la foto.