Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

17 agosto 2011

Jueves de picnic

Mientras desayuno con el roncante mi compañera de curso, Celia, me avisa por teléfono que va a llevar sandwiches para hacer un picnic en la playa. La mañana, como todas, se presenta con un sol espléndido. Así que voy al curso, por fin tomo coraje y me animo a presentarme al conferenciante como "albertiyele, la del blog" (cómo me cuestan esas cosas; cómo me cuestan. Siempre me siento ridícula, absurda, horrible. No tengo que hacer esas cosas. No tengo por qué ir a donde no me invitan ni presentarme ante no tiene por qué tener ningún interés en conocerme). Y a la salida nos vamos Celia y yo a tumbarnos a la sombra de un árbol, al lado de una cala azul donde recalan unos veleros chiquitos, a charlar y a comer esos sandwiches que preparó para las dos. Celia nació y se crió en Tierra de Campos, en un pueblo pequeño de Castilla. Es menuda y bonita, simpática y conversadora, amable, un encanto de persona. Es profesora de inglés, está casada con un jardinero que llegará esa misma tarde a buscarla, no tienen hijos ni van a tenerlos. Celia tiene un trasplante de rinón desde hace trece años. La conversación deriva de un lado a otro, de la literatura a la escuela, de la escuela a la maternidad y las madres, de las madres a los hijos, de los hijos a los amores, de allí a la comida, a su Valladolid que no conozco todavía y a mi Buenos Aires. Charla de mujeres en una tarde de verano, al lado del mar.
Celia se va a buscar a su marido y yo me quedo tomando un café en las caballerizas del Palacio de la Magdalena, donde se alojan muchos de los que hacen el curso, y a donde puedo acceder porque llevo mi tarjeta, la que nunca me colgué.

Como no quiero olvidarme: Santander, día cinco (jueves)

Antes de que se me escape de la memoria (que fugue del mate, dice el tango) tengo que dejar aquí consignado qu durante todos los días que desayuné en Santander soporté estoicamente a la única persona que vi en mi vida roncar en perfecto y redondo y masticante estado de vigilia. Los días que aparecí a las 7 y media, los que a las 8 o los que cerca de las nueve, siempre, como si me estuviera espiando para ver a qué hora bajaba yo, desayunó, en la mesa más cercana además, que ocupaba sigiloso mientras yo me servía el café, un hombre gordo, vestido con camisa a rayas (siempre la misma o al menos siempre igual a la del día anterior), bluejean gastado y enorme sin cinturón y tiradores (sí, leyeron bien, jeans y tiradores (????)) que se servía no platos sino fuentes y se enfrascaba en la operación masticatoria mientras roncaba, RONCABA, como un elefante marino. Como en el salón, bastante grande, no hubo nunca más que él, la camarera y yo, aquello era terrible. Un silencio que casi se tocaba, y este hombre haciendo unos ruidos espantosos de masticar, triturar, cortar, pinchar, sorber, tragar y roncar, todo al mismo tiempo. Como una orquesta de lo escatológico.
Pero en fin: lo anoto sólo para no olvidarlo, que vale la pena.
Mientras desayunaba mi compañera de banco me mandó un mensajito a teléfono: iba a preparar sandwiches para comer en la playa y me preguntaba si me venía bien el programa. Por supuesto que me venía bien. Me venía pluscuamperfecto.

15 agosto 2011

Santander, seguimos el día cuatro


Sin embargo por la tarde, ya sola en el hotel, empiezo a sentir una punta de pena, nada, apenas una niebla que empieza a asomar por alguna parte. Antes de que eso me crezca ya imparable salgo a la calle, a pasear, a caminar.
Recorro la costa, voy y vengo por la playa del Sardinero. Hay chicos con tablas de surf, o de morey, camisetas de neoprene; familias enteras que charlan al sol; grupos de amigos jóvenes que juegan a la pelota en la arena. Estas playas se parecen a las mías. Toda la ciudad tiene un aire evocador. Y voy buscando un paseo que apenas veo desde la ventana de mi hotel, donde suelo ver mucha gente caminando pero que no sé qué tiene.
De cerca es claro lo que tiene: unos piletones grandes con animales marinos en cautiverio: focas, leones marinos y pingüinos. Me dan una pena horrible. He visto esa fauna en libertad. Las focas durante toda mi vida en el Atlántico, en las playas marplatenses. Los leones marinos y los pingüinos en el sur, en la costa patagónica, en la Península de Valdés y en la pingüinera interminable de Punta Tombo. Miles y miles de ejemplares barridos por unos vientos que suenan siempre a huracán, que atraviesan la meseta entera desde la cordillera hasta el mar; libres, anidando y buscando la comida para ellos y sus crías.
Ver esos bichos que son para mí la imagen misma de la libertad y la naturaleza más salvaje allí acorralados, sólo porque tuvieron la enorme desgracia de ser cazados, de no saber escapar a tiempo, me cierra la garganta, me llena los ojos de lágrimas. Está anocheciendo. Huyo de allí aterrada ante la idea de ponerme a llorar públicamente, delante de todo el mundo. Hay una familia de argentinos que también parece horrorizada. Me voy, me voy antes de no poder sujetar las lágrimas.
Cruzo la península y veo una calle que sale al otro lado, a la playa de los peligros. Ya es definitivamente de noche. En la playa, preciosa, quedan dos parejas de enamorados y gente que cena en un restaurante frente al mar. Me arremango los pantalones y me acuerdo de que todavía no me mojó el agua del Cantábrico. A ver qué tan fría es. Llego hasta la orilla, los zapatos en la mano, me mojo los pies (no es para tanto, mi Atlántico es definitivamente mucho más frío) en esa leve espuma con la que el mar viene a morir a Santander, y me quedo sentada en la arena mucho rato. Y pienso en papá, en cuánto le gustaban a papá todos los mares que conoció. Y charlo con él, y le muestro esta playa en la que nunca estuvo y que le hubiera encantado. Y lloro, casi me deshago en llanto. Nadie puede verme. Allí estamos papá y yo solos, frente a ese mar ajeno. Vuelvo al hotel sin consuelo y sin alivio; con un puño que me aprieta el pecho y apenas me deja respirar. Y hago todo lo posible por dormirme, cuanto antes mejor.

Santander, día cuatro

Es miércoles 10 de agosto. El curso va bien y mi compañera castellana, que reaccionó un poco fieramente el lunes con la tardanza del conferenciante y que ahora sé que se llama Celia, es una chica joven y atenta, conversadora, simpática, cálida. Un encanto de persona. Durante las intervenciones de la mañna alguien que se presenta como "Carlos, abogado" menciona por primera vez el blog de Muñoz Molina, y es curioso. La primera sensación es que alguien nombró a mis amigos del café de la esquina. Pero no identifico a Carlos, que es una voz también castellana que suena detrás de mí y a la que no llego siquiera a ponerle cara.
En la pausa del café me llama la atención que los camareros que atienden la barra del bar, en el que hay que abrirse paso (en mi caso: casi en puntas de pie y cogoteando para ser apenas divisada detrás de las cabezas que siempre son más altas), ya nos conocen y hasta saben qué pedimos. En tres días nos pescaron los hábitos y además los memorizaron. Me recuerdan a los viejos mozos argentinos, que eran, claro, mayoritariamente gallegos.
A la vuelta del café y mientras entramos charlando unos con otros, ese Carlos, abogado, que había mencionado el blog, de repente me mira casi como si me descubriera, y como si le diera una cierta impresión descubrirme: ¿Tú no serás albertiyele, verdad? Hay algo entre curiosidad y miedo a meter la pata en su pregunta, como si no se animara del todo a preguntarme (y es natural, pienso: Si yo no fuera albertiyele, ¿cómo explicarle a nadie ese nombre tan absurdo?) Sí, le contesto, claro que soy albertiyele. A Carlos, el abogado, hasta ese momento un señor formal y perfectamente desconocido, se le ilumina una sonrisa en la cara: yo soy "la mirada melancólica". Durante meses nos hemos leído unos a otros; sabemos más de algunos de esos desconocidos que de amigos de toda la vida. Es una enorme alegría por fin ponerle cara a alguien que termina siendo para uno un "desconocido íntimo", como dijo Clara tan sabiamente en el blog. Y esos nombres absurdos que nos hemos dado de pronto nos dan risa, suenan a película de espías. Así que después de las risas y las presentaciones, charlamos un rato, él también es de Valladolid, como Celia. No saben, no pueden imaginar los castellanos Celia y Carlos, cuánto me gusta a mí oírlos hablar; qué bien me suenan esas eses ásperas, de lija; esas jotas que salen quién sabe de qué profundidades, esas eñes que tienen filos de cuchillos y a mí jamás me saldrán ni parecidas. Oír hablar a los castellanos es un pequeño placer que no suele ocurrirme. Así que sin que ellos lo sepan yo les robo esa música mientras hablan. Qué bien.
Terminada la mañana Celia me invita a comer con ella y una amiga a la salida del curso. Y comemos en el chiringuito de la playa de la Magdalena, que está repleto de gente. La tarde entera está repleta de gente. El clima sigue espléndido, con un sol radiante, el mar sereno y un aire fresco que es como una bendición. Todo va bien.

10 agosto 2011

Por fin lo creo, o le creo, o como quiera que se diga, que ya estoy embrollada.


Los sonidos del idioma, los acentos, los tonos, las palabras, son como un milagro. No hay muchas cosas que me diviertan más que escuchar a la gente charlando. Ahora mismo, tirada en la cama de mi habitación de hotel ( y mal tirada, estas eran cosas que podía hacer a los 20 años o a los 30. Dentro de un rato me dolerán hasta los huesos de los meñiques) con la ventana abierta de par en par, entra el aire fresco de la playa y las voces de una pareja de andaluces. Charlan de cosas importancia, están solos. Yo los escucho ( desde luego desde luego que esto es muy bonito. Bueno, un poco frío. Qué frío ni frío mujer, ven p'acá) y me deleito y me siento también como una ladrona de palabras. Si sigo con la ventana abierta ( ahora él tararea un bolero) no puedo evitar oírlos. Si me levanto a cerrarla se darán cuenta de que alguien estuvo escuchando y será peor, ay.
Pero no era eso lo que quería contar. Algún día voy a aprender a concentrarme, a no derivar la escritura para acá y para allá, a no llevarla y traerla como maleta de loco. En los libros de castellano con los que yo aprendía en la escuela, que hoy son verdaderas piezas de museo de la enseñanza, se hablaba de "loísmo" y "leísmo". El leísmo no sólo me quedaba claro sino que lo tenía perfectamente ejemplificado en mi vida cotidiana. Las chicas paraguayas o correntinas que trabajaban en casa decían "le quiero" cuando hablaban de sus novios ( y yo adoraba escuchar esas historias, que me parecían folletines de amores ardorosos) o le contestaban a mamá "ya les planché y les guardé, señora" cuando ella les preguntaba por las camisas de papá.
Pero el loísmo, ¿qué eran el loísmo o el laísmo? ¿Quiénes, o dónde, construirían esas oraciones disparatadas que mi libro de Castellano traía como ejemplos de lo que no debía decirse? Me quedaba, evidentemente, mucho por vivir, y por oír. El año pasado por primera vez se empezó a develar el misterio, más de 40 años después. En un peaje de una ruta de Salamanca y mientras yo buscaba las monedas para pagar, la chica que me tenía que cobrar le contaba algo a su compañera: " y si no la da vergüenza, que no la va a dar..." , y a mí me sonaron campanas en el oído. Hoy a la mañana, mientras desayunaba, discutían acaloradamente dos empleadas del hotel: "ya la dije que
yo mañana no vengo". Taaaaaaaaan, taaaaaaaaaaan, taaaaaaaaaan, los campanazos.
Y hace apenas un rato, mientras caminaba volviendo hacia el hotel, encontré esta perlita grabada en una placa: "En el año 1924. Apiadada doña María Luisa C. Pelayo de la infancia desvalida, movió a la Diputación Provincial a reformar su inclusa, DIÓLA medios con que ejecutar las obras, veló por ellas, y el año 1928 inauguró el rey Alfonso XIII este suntuoso jardín de la infancia. La Diputación de Santander recuerda en este monumento tan alto ejemplo de misericordia."
Ya lo tengo, hermana Ana María! Lo entendí. Me quedó clarísimo. Y por fin puedo decirle, donde quiera que esté ahora, que le creo o la creo, que ya no sé ni cómo decirlo. Que era cierto. Que el laísmo, efectivamente, existía.

09 agosto 2011

Santander. Día tres


Amanece un día espléndido. Estoy empezando a sospechar que lo del mal tiempo del Cantábrico es un invento de esta gente del norte para que no se les llenen las playas de turistas y esto no acabe convertido en algo parecido a Cala Major (que es todavía más catastrófico que El Arenal y la Playa Bristol juntos).
La charla de hoy debía empezar a las nueve y media, y yo llego la primera. Pero pasan los minutos, el aula se va llenando, los asientos se van poniendo escasos, y nuestro ponente no aparece. Cuando faltan ya pocos minutos para las 10 y la tropa comienza a moverse en las sillas, a cruzar miradas interrogantes, a impacientarse, sube al estrado una señorita (la misma que ayer me impidió hacer lo que yo no estaba muy convencida de querer hacer (que no que no, que ya es muy tarde), creo) y dice que "Antonio está atrasado. Se confundió con el horario de ayer y está dando un paseo, pero ya sube". La castellana atenta y cálida con la que ayer charlé y compartí un café bufa y rebufa en su pupitre. Cuando por fin AMM llega y dice buenos días, ella le zampa "buenos días serán para ti". Con dos ovarios. Yo no puedo creerlo; quisiera esconderme abajo del pupitre. Debo haber puesto cara de espantada, porque me mira y me dice "es que no pude contenerme chica, es que yo soy así". Ya veo, ya. Y justo me viene a tocar sentada al lado. Es que tengo una suerte pa' la desgracia yo también! Si a esta joven profesora de inglés la llegan a agarrar los del Club de los Palmeros de AMM la mandan a la hoguera con los herejes, por lo menos.
Pero la charla se desarrolla sin más novedades. Hay un breve descanso después de una también breve intervención de quienes quieren hablar (con mayor o menor fortuna) y otro tirón hasta el final, alrededor de las 2 de la tarde. Al terminar se arma un pequeño tumulto alrededor del escritor, que estará cansado y no verá la hora de ir a comer algo y descansar un rato.
Mi vecina de banco, que vuelve a parecer una persona cordial, me invita a compartir almuerzo. Y allá me voy, a comer algo al chiringuito de la playa de bikinis, justo al pie de la Magdalena.
Tomo un café en el jardín de las caballerizas del palacio. Hay un sol radiante. A mi lado una argentina grita con un tono que parece una mala imitación del castellano de Madrid. Muñoz Molina entra por allí a la residencia. Pasa por adelante de mi mesa. A las 7 dará una conferencia a la que no pensaba ir. Menos mal: se reúne una multitud como si en lugar de tratarse de un escritor se tratara de una estrella de rock. Se queda mucha gente afuera, que en algunos casos protesta airada. Es gente grande, mujeres sobre todo. Debo ser muy desconfiada, pero me permito preguntarme cuánta de esta gente habrá leído su obra.
Durante el curso escucho sin querer comentarios de quienes tengo sentados alrededor: detrás de mí alguien dijo que La casa verde es un cuento de Cortázar. Otra dice que no puede con Borges, que ha intentado con varias de sus novelas, pero no puede con Borges ( y el pobre Georgie no podría con ella, tampoco). Uno de los participantes que toma la palabra se refiere a escritores como Rulfo y Carpentier, a los que AMM acaba de nombrar, como " escritores sudamericanos". Pero hay también un chico muy joven que parece un lector despierto y encendido de Onetti, que no es poco.
De todo hay. De todo hay.
Mientras se desarrolla esa multitudinaria conferencia camino por la playa del Sardinero hasta el faro. Y cuánto se parece esta playa a mis playas! Y cuánto las casas señoriales de Santander a las viejas casas marplatenses.
La costa es un trasiego de familias con chicos, de parejas más o menos felices, de adolescentes de sonrisas con granos y aparatos en los dientes, que cuchichean y van y vienen cargando tablas de surf, pelotas de fútbol, paletas playeras. De bares colmados de gente que charla y toma sol y mira el mar. Los veranos burgueses son parecidos en todas partes. La tan mentada crisis no se ve aquí por ningún lado; no la habrán invitado, o no estará de vacaciones, qué sé yo.
Me vuelvo al hotel cerca de las 9. La luz del día durará todavía cuando yo ya esté panza arriba en la cama. El día tres ha terminado. Y sigo sin animarme.

Santander. Día dos


Es lunes 8 a la mañana, que se presenta con un horizonte de nubes negras y allá en el fondo, hacia el norte, hacia donde calculo que debe estar Bilbao, se ve la lluvia. Subo al Palacio de la Magdalena en taxi. Está fresco. Adoro este clima.
Cuando llega la hora de ir yendo se desata un chaparrón, que termina siendo intenso, pero breve.
Se ve que hoy comienzan todos los cursos, porque aquello es un hervidero de gente que va y que viene, de preguntas, de taconeos apurados, de puertas que se abren y se cierran, de hombres y mujeres que circulan para arriba y para abajo, se saludan ( gritan, cómo grita la gente), se reencuentran, se agrupan, se conocen. ¿Será que yo era así cuando estaba en mi ámbito? ¿Será que yo tampoco ni siquiera deslizaba la mirada sobre el desconocido, el extranjero, el nuevo? No. Yo no fui nunca así, ni seré. Nos acreditamos en el subsuelo. Llego justo para evitar una cola larguísima que se forma a mi espalda. Nos dan una tarjeta con la que controlarán nuestra presencia y una especie de portafolios horroroso, con los cierres desvencijados, negro, feo, demasiado feo. Nunca había pensado que me molesta cargar con cosas feas, cosas que ni elegí ni elegiría. Pienso en tirarlo, en perderlo disimuladamente por algún rincón. Pero ni a eso me atrevo yo. Ay de mí. Ni a eso me atrevo yo. La tarjeta no me la cuelgo. Que me digan lo que quieran. Se las mostraré cada vez que me la pidan. Pero yo no ando una semana entera con eso colgando del cuello como si fuera ganado marcado.
Muñoz Molina llega cuando el aula está ya casi completa. Hay muchísima gente.
En la charla AMM es como en sus libros. Una voz delicada, sin ninguna estridencia, que narra como con una voz antigua, sin apuros ni brillos ni pretensiones. Parece un hombre tímido. Su literatura es también así. Sin luces de colores, ni grandes intrigas, ni tramas enrevesadas.
Haré un resumen de lo que me va pareciendo más interesante de las charlas. Pero será después.

07 agosto 2011

Santander, día uno


Llegué a Bilbao en un vuelo sereno y plácido, a pesar de mis terrores. Cuando empezamos a bajar una nena, Paula, sentada delante de mi asiento con su familia, lloraba sin consuelo. Aterrizó sentada en las rodillas de su mamá. La tripulación de Vueling no sólo desapareció, hasta cerró la cortina para ni ver ni oír ni existir. Mirá que bien.
De Bilbao, autobús a la terminal de autobuses (eso suena horrible) por algo más de un euro, y allí ticket de máquina de 10 eurillos hasta Santander. Antes de salir me como ahí mismo un sandwich de bonito, lechuga y queso que sabe a gloria. En el viaje me despatarro. Hacen demasiado cómodos los autobuses.
Taxi hasta el hotel (Gran Hotel Victoria, no haré comentarios hasta más adelante) y primer paseo por un domingo santanderino de pleno sol. Las playas están repletas de gente; el mar, azul y sereno y supongo que frío. Al sol hace calor. El aire se mantiene, por suerte, fresco. El clima es parecido al de mi Atlánrico. Me gusta.
En el hotel me dicen que llegar al Palacio de la Magdalena es un paseíto. Y sí, sería un paseíto si no estuviera en subida. Los alrededores, lo que supongo que serían los jardines de SAR, son ahora un parque público que la gente usa para hacer picnics y retozar al sol. Está muy bien. Abajo están lo que eran las caballerizas que, reformadas, sirven de alojamiento a quienes como yo vienen a hacer cursos.
Me interno en el bosque y subo la cuesta. El palacio es precioso. Trato de informarme en la recepción, pero me malatiende un muchachito con edad de ser de mi hijo. "Vaya y mire ahí (dedito ahí, su mamá se ve que no llegó a enseñarle que no se usan los dedos como si fueran armas, entre otras cosas que no llegó a enseñarle) y dígame qué curso" . El de Muñoz Molina, le contesto. Yo no lo conozco, dígame el nombre del curso, a cara de perro. Cuando me giro a acatar la orden de fijarme ahí ya está atendiendo a una pareja que se ve que le cayó mejor. Otro chico me sonríe y me ayuda a buscar en la cartelera, dada su amabilidad aprovecho para preguntarle si no tienen un folleto de
las actividades. El pobre me dice que él es un chofer, de los que traen a la "gente importante" en coches de la Universidad. Le traslada mi
pregunta al maleducado, que por respuesta le gruñe: no, no tengo ni folletos ni nada.
No empezamos bien.
Me duelen los pies, bajo de nuevo caminando y me detengo en un bar de la playa. ¿Dónde me detengo? ¿Cuál es el primer bar y la primer
playa que me espera en Santander? La playa de la concha. Debí suponerlo. Y debí mandar al bajito y maleducado ahí mismo: a la
mismísima playa de la concha.
Y atardece, vuelvo al hotel, como algo rápido, escribo las primeras impresiones y ya mismo me estoy yendo con mis bostonianas. O me
podría ir también con Faulkner, que lo tengo acá metido, en este aparatito con el que les escribo. Mañana será otro día.