Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

29 septiembre 2010

Las galerías Vivienne, las del otro cielo


Caminamos y caminamos bajo una llovizna tenue y molesta, después de bajarnos del Metro, hasta encontrarlas. Por supuesto arrancamos al revés, como corresponde. Algún día terminaré de entender por qué si por pura intuición elijo empezar a buscar algo por la izquierda es fijo que está en el extremo derecho, y si elijo empezar por la derecha está exacta y precisamente en la punta izquierda. A veces hasta se me ocurre pensar que en realidad las cosas no están allí fijas e inconmovibles sino que esperan pacientemente a que yo las busque para moverse, desplazarse, ir jugando conmigo a las escondidas, desgraciadas. Pero no cuentan con mi sacrosanta paciencia, mi tenacidad de buscadora compulsiva: dondequiera que se escondan, las encontraré; por mucho que disimulen y hasta acechen mi llegada para ir poniéndose en el lugar donde no las busco, de nada les servirá. Como en ese atardecer parisino en que las galerías Vivienne creyeron que podrían escaparse a mi presencia y a mi cámara, todo será en vano. Si se me mete en la cabeza que tengo que encontrar tal o cual lugar, no pienso aflojar, así me lleve todos los días del viaje. Y lo escribo acá para que lo vayan teniendo claro; ya lo saben: no se escondan, ni provoquen molestas lloviznas, ni siquiera lluvias torrenciales. Todo intento será vano. Y ahora, en penitencia, cada vez que vuelva a París, y que pienso volver siempre que pueda, voy a ir a las Vivienne derechito derechito. Ya no valen artimañas.

28 septiembre 2010

Hallazgo borgeano

Dos días después de volver de París a Palma pasé un fin de semana en Formentor, en las "Converses" literarias. El azar de una charla banal nos llevó a hablar de Borges; recordé entonces que en alguna poesía, no supe y sigo sin saber cuál ni en qué libro ni siquiera en qué época, habló expresamente de la tumba que lo esperaba como un destino en la Recoleta. Alguien dijo que creía recordar que era en El otro, el mismo. Ya de vuelta en casa, después de París y Formentor, busco y rebusco la poesía de Borges, que sigo sin encontrar. Miro, claro, en El otro, el mismo. Y no. No es allí. Pero en cambio encuentro casualmente otra cosa (pero de ninguna manera estoy dispuesta a creer que sea casualmente): una poesía que se llama El forastero. Y allí unos versos que me martillan la cabeza: "En la numerosa penumbra, el desconocido / se creerá en su ciudad / y lo sorprenderá salir a otra, / de otro lenguaje y de otro cielo." Otro cielo... otro cielo... Borges publicó El otro, el mismo en 1964; Cortázar publicó Todos los fuegos, el fuego, y allí El otro cielo, en 1966. No creo, no creo que haya sido casualidad. Ni que yo lo encontrara de casualidad.

Ya que estamos con Cortázar



París forma parte del imaginario de cualquier lector de Cortázar. Hay calles, barrios, puentes, cafés, olores de París que nos llevan de una patada a palabras leídas hace tiempo. Aunque uno no lo busque, Cortázar está allí. Yo además lo busqué afanosamente.
Nos encontramos con Rosario una mañana en los jardines de Luxemburgo, paseamos por Montparnasse, nos deslumbramos con las flores ya otoñales, tomamos un "noisette" en un café cualquiera y buscamos y encontramos el cementerio. Muy cerca de la entrada están Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, juntos en la tumba. La de Cortázar no es fácil de encontrar y no está en ningún lugar señalado sino entre muchas otras anónimas. Pero ayudada por el Bibi la busco y la busco. Y por fin la encuentro, sólo porque la tengo vista en fotos y la reconozco. Es original, pero no termina de gustarme. Tiene algo de infantil, de puerilidad. Ahora que lo escribo: también Cortázar tuvo hasta el final de su vida cara de niño, como si el tiempo lo gastara sin sacarlo de la infancia. No está mal después de todo esa tumba que parece un homenaje al chupetín.
Ojalá no se le ocurra a ningún loco hacerse el patriota y querer llevárselo a Buenos Aires. Si es que tenemos otra vida estará Julio la eternidad entera caminando por París, trayendo Buenos Aires a París y hablando en argentino con sus erres francesas. Gracias por todo y chapeau.

El metro y las palabras


La primera vez que fui a París padecí tanto pero tanto no saber una palabra de francés, y me gustó tanto pero tanto la ciudad, que de vuelta a Buenos Aires casi lo primnero que hice fue anotarme en la Alliance. Con intervalos terminé haciendo los seis años de rigor, pero ir a Francia es una especie de desafío: ¿encontraré las palabras que seguramente están guardadas en algún lugar de la memoria? ¿Seré capaz todavía de pronunciar de una manera al menos comprensible ese idioma que me queda ya tan lejos? Parece que sí; y sobre todo parece que uno o dos días me alcanzan para ponerme en órbita y ser capaz de hablar al menos de manera comprensible. Por una vez lo que aprendí me sirve para algo. Eh, mamá!!! ¿Me escuchás? Me sirve para algo!!!!!
Y el metro: es viejo; en muchas estaciones no hay ni siquiera escaleras mecánicas y arrastrar las valijas o un carrito de bebé o lo que sea que uno lleve se complica. Va repleto de gente en horas pico y en algunas líneas. Pero es barato (1,10 sacando 10 tickets), rápido, y te deja en el rincón de París que se te ocurra de manera puntual. Y hay estaciones que forman parte de lo mejor del viaje. La que pongo en la foto es la del Palais Royal. Bajamos allí una tarde de llovizna, para llegar a las Galerías Vivienne, las de El otro cielo de Cortázar, que las mezcla de manera magistral con las porteñísimas Galerías Güemes.

25 septiembre 2010

París bien vale una angustia


Teníamos pasajes sacados para París desde julio. Como me pasa siempre a medida que se acerca el día de viajar me arrepiento de la ocurrencia, porque los terrores viajeros evidentemente no se me van a ir nunca. Pero angustiada y todo me preparo para encontrarme con Adriana y Gaby y por fin recorrer París con el Bibi, un proyecto que llevamos postergando hace ya tiempo.
Conseguir hotel no es fácil; ni barato. Por fin asesorados por amigos que estuvieron allí el año pasado conseguimos reservar en el Des deux continents ( www.2continents-hotel.com ), en la Rive Gauche, a la vuelta de Saint Germain des Près. Es caro; pero todos son caros, y la mayoría, carísimos.
Llegamos a Orly, vía Barcelona, el jueves 2 de septiembre al mediodía. Tal como habíamos planeado tras mucho consultar en internet nos tomamos el Orlybus que por 6 euros nos deja en alrededor de 30 minutos en la estacion Denfert Rochereau. De ahí el metro, Línea 4 hacia la Porte de Clignancourt, y nos bajamos en Saint Germain des Près. Primera conclusión: pasar con valijas por el molinete del Metro de París no es fácil. Dos o tres días después nos tocó ver a una mamá con una chiquita de la mano y un bebé en carrito emprendiendo la misma maniobra: más que poco fácil la cosa parecía decididamente imposible. Y nadie se acercó a ayudarla; ni siquiera nosotros. Es posible que hayamos temido que nos tomaran por ladrones de niños o algo así; en todo caso sospechoso. Eso: parece que querer ayudar a alguien en las grandes ciudades resulta siempre sospechoso, así que mejor abstenerse.
La cuestión es que en alrededor de una hora con todo y esperas de Orlybus y metro, estábamos en el hotel. Que es un poco cochambroso, y tiene en el medio del pasillo una escalera que hasta yo me llevo por delante con la cabeza; y un ascensor minúsculo, al que de todos modos tendré que subirme, y me subo, más de una vez por día. Para compensar la calle es muy tranquila y estamos a un paso de cafés famosos, del Sena, de la animación de lo mejor del Barrio Latino. Todo está bien.

Se fue el verano

Pasó otra vez tanto tiempo que ahora releo lo último que escribí y todo parece lejanísimo. Atrás quedaron, ya borroneados, el mundial de fútbol, el que parecía que sería eterno pulpo Paul (¿y qué habrá sido de él me pregunto ahora? Quizás siga en algún piletón de no sé dónde, añorando sus días de gloria, cuando se había convertido en el vaticinador oficial del reino de la FIFA; o quizás esté ya enlatado, en pedacitos sus tentáculos adobados y cocidos. Ah vanidad de vanidades y todo es vanidad!) y hasta el calor, que cuando aprieta parece que será eterno, pasó como pasa todo lo demás.
Y yo tuve un verano agitado, meneadito. Allá al comienzo nos visitaron Hugo y Virginia, y pasaron unos días con nosotros recorriendo la isla y recomendándome que me hiciera guía oficial de turismo. No, la verdad es que no estaría mal.
Después llegaron Carli y Betty, como cada verano desde que estamos aquí, a pasar los meses ardorosos de julio y agosto. Otra vez me tocó ayudarlos un poco a buscar departamento, como me había tocado la primera vez que vinieron. Esta vez fue mucho más fácil porque ya conocen Palma y ya saben lo que quieren y más o menos dónde lo quieren. Por fin sólo tuve que ir a ver si lo que les ofrecían estaba en orden y una mañana calenturienta me fui por fin a Maioris a retirarles las llaves del departamento, precioso, en Son Verí. Llegaron los primeros días de julio y se fueron cuando terminaba un agosto que fue bastante raro, menos soleado de lo normal. Como siempre cuando se van me dejan un montón de espacio ocupado, este año por primera vez en el trastero que nunca antes habíamos tenido, y un montón de espacio vacío. Saber que están acá es mantener de alguna forma una conexión con mi vida, con mi otra vida, digamos mi vida real. En fin.