Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

25 noviembre 2009

Estoy leyendo

Algo que nunca hice en el blog y debí haber hecho: consignar qué voy leyendo. Porque resulta que acabo de armarme un escritorio, un rincón de la casa para mí sola (me río yo de mis pretensiones) y una biblioteca, y hete aquí que aunque vine de Buenos Aires sin ningún libro, ya tengo unos cuantitos. Y ya no tengo idea del orden en el que los leí. Aunque tampoco leí todos los que tengo, y leí varios que ya no tengo. Bueno, yo me entiendo.
Ahora voy por Anatomía de un instante de Javier Cercas. Una especie de cámara lenta del golpe de estado fallido contra el gobierno de Suárez, en febrero del 81. De paso: detesto esta especie de manía que le agarró al periodismo desde el desastre de las torres gemelas de llamar a los episodios con un número y una letra: 23F, 11M o 21E (que es mi cumpleaños, lo voy a empezar a nombrar así). Eso sí que es colonización cultural, carajo.
Del libro de Cercas: hay mucho que ya sé, pero muchos entresijos que ignoro. Me viene bien. Eso, aprender todo lo que pueda, intentar de todas las formas entender el país en el que finalmente elegí vivir, me parece el mejor homenaje y el mejor signo de respeto que yo puedo ofrecerle.

24 noviembre 2009

Tarde de perdición

O perdidos en Madrid, o jodete por idiota o como quieran llamarlo. La cuestión es que a la vuelta de Aranjuez nos perdimos. Pero nos perdimos nos perdimos. Madrid se transformó para nosotros en un laberinto de calles iguales, de autopistas que llevan a ninguna parte, de caos de tránsito, de colas y colas para volver a donde empezamos, de calles que se bifurcan y ninguna de las dos es la correcta, de vueltas como de calesita. Una pesadilla. Para mí fue una maldición de la gallega que da las indicaciones en el aparatito ese que tanto le gusta al Bibi y del que yo me río. ¿Que te reís? Ya vas a ver como se te acaba la risa. Ya vas a ver como preferís a la gallega insistiendo "doble a la derecha, y entonces, doble a la derecha, doble a la derecha", antes de no tener ni la menor idea de cómo escapar del infierno de una tarde de atolladero en Madrid.
Las indicaciones que habíamos pedido fueron inútiles; o mejor dicho: los inútiles nosotros, que le pedimos indicaciones a quien no tenía ni la más remota idea de cómo indicarnos. La cuestión es que teníamos que cenar con amigos y la hora pasaba y el Bibi con el mapa desplegado me indicaba y todo era en vano. No teníamos ni idea de si íbamos para el sur o para el norte ni dónde cazzo estábamos parados. Un caos.
Pero aquí estoy, sentada en mi casa palmesana escribiendo, así que me encontré. Y hasta tuvimos tiempo de cenar: igual fue un arroz completamente olvidable en un restaurante folklórico y rancio, semivacío y carísimo. Mejor sigamos viaje.

Aranjuez

En realidad Aranjuez no fue pueblo sino hasta el siglo XVIII; antes fue villa real, lugar de descanso y relax y cacerías y paseos y solaz de los reyes de España. El pueblo se fue armando con residencias de los servidores de los reyes, a medida que los servidores se multiplicaban y paradójicamente los dineros mermaban y España era cada vez más pobre con reyes cada vez más descansados y mejor servidos. En Aranjuez, mientras el rey descansaba, se firmó el tratado con Inglaterra que quebró los acuerdos que España y Francia habían mantenido durante muchos años, y ese tratado fue la excusa perfecta para que Napoleón invadiera España, para que Fernando VII terminara preso de los franceses, y finalmente para que nuestros criollos decidieran en el cabido de Buenos Aires que si el rey estaba preso el virrey ni cortaba ni pinchaba, así que patada en el culo y a refugiarse a Córdoba, y barco y deportación a las Canarias, y ahora paz (que no, que no hubo paz y parece que no la habrá jamás) y después gloria.
Y en Aranjuez también, curiosidades de la historia y hasta de la geografía, y si escarbamos hasta de la antropología, se decidió el destino de la Española, la isla donde todo comenzó. Francia y España se la dividieron: Dominicana pa´mí ( siglos después sería para los Barceló, pero esa es otra historia, molt mallorquina por cierto), Haití (ay Haiti, ay la pobrecita Haiti; tengo en mi agenda una viñeta que se publicó en Le Monde ya ni me acuerdo en cuál de las catástrofes haitianas: un negrito increpa a Dios, la cara bañada en lágrimas y el puño levantado: "Qu'avez vous contre Haiti?") pa'vos, o mejor pa´ti, así rima con Haiti. Ahora, dos siglos después resulta que los dominicanos y los haitianos son latinos; latinos y negros; inmigrantes y latinos y negros. Ajenos. Ajenos de toda ajenidad. Nada más ajeno de la civilizada Europa.
Ay Aranjuez Aranjuez. Nena, mirá y no preguntes. Lo mejor de Aranjuez, sin duda alguna, es el concierto.

23 noviembre 2009

De Aranjuez

No puedo ponerles fotos porque me quedé "sin memoria" (ya no llegará el día en que yo entienda estas cosas; bastante con que las uso, que ya me parece un prodigio.) De cualquier manera lo que más me sorprendió fue el camino. Pasamos por un pueblo que se llama Villaconejos, y a mí nunca dejarán de sorprenderme los nombres que les ponen a las calles y a los pueblos. Algún día tendría que poner fotos sólo de los carteles de las calles: de los Dolores, de las Angustias, del Perro (esa creo que se las puse, está en "las siete calles de Bilbao"), y hasta vi en Oviedo una "calleja de los huevos", que es lo que hay que tener, huevos, para ponerle semejante nombre a una calle, o calleja. Cruzamos el Tajo, que allí es apenas un arroyo; y no me queda más remedio que hacer una digresión: le lengua tiene entre otras muchas una función referencial: referir, remitirnos, a la realidad, o a lo que nosotros conocemos como realidad. De esa función, tan elemental en apariencia, derivan muchas cosas: que tengamos en castellano quinientas maneras de nombrar a la especie bovina, incluidas diferencias de género y número, de tamaño, de edad, de raza, de producción, y una sola para nombrar a los canguros o a las focas, con las que no podemos más que decirles foquitas o foca macho, tiene que ver con esa relación entre la lengua y la realidad que conocemos o que no conocemos. Bueno: yo no me quiero imaginar lo que habrá sido del cerebro de aquellos heroicos (y crápulas casi siempre, también) descubridores de América cuando vieron que con la misma palabra que nombraban al Tajo tenían que nombrar al Paraná. La referencia a la realidad a la que los argentinos remitimos la palabra río no es el Tajo en Aranjuez; no tiene nada que ver con el Tajo en Aranjuez; con nuestras referencias el muy ilustre y muy realísimo Tajo en Aranjuez casi nos remitiría a una meada de vaca. Y tiene un enorme valor que con esa nada, con ese hilo de agua cansada, los tipos hayan hecho regadíos, bosques, jardines y prados. Increíble. Evidentemente la escasez agudiza el ingenio; y la abundancia, nuestra abundancia de ríos y agua, es una pésima maestra.

Ahí lo tienen a mi Bibi


En la puerta del Parador de Chinchón, que fue convento de Agustinos, que fue colegio de humanidades, que fue botín de guerras napoleónicas e incautado por el mal recordado Pepe Botella (el hermanito de Napo, al que se le concedió nada menos que el trono de España, jua!!!!!!!!, esos sí que eran hermanísimos), que volvió a ser convento y volvió a ser botín, que fue cárcel y palacio de justicia, que fue pasto del fuego y que fue ruinas, y que ahora, fielmente reconstruido, es refugio placentero de turistas anónimos y célebres. Hasta Tina Turner durmió en el Parador de Chinchón.

El coso



Y de paso, ya que paseo por la meseta, aprendo. Eso del coso no es lo mismo que el coso ese. No. Ya armé un quilombo, sí, ya lo sé. Resulta que el coso no es cualquier cosa pero en masculino; el coso, vengo yo a aprender en Chinchón, es una plaza, sitio o lugar cercado donde se corren y lidian toros. Bueno, eso: que la plaza de Chinchón, en una tarde de sol otoñal, estaba convertida en un coso. Y que es muy difícil todavía en cualquier lugar de España, con todo y crisis, sacar una foto sin que aparezca en el horizonte una grúa gigantesca. A veces pienso que cuando terminen no va a quedar ni un centímetro de tierra donde apoyar los pies.
Por Chinchón, que parece ahora un pueblito de casas pardas construido para que lo visitemos los turistas con cámaras fotográficas, pasó toda la historia de España. Uno podría, si le quedaran ánimos después de subir y bajar las cuestas, aprender desde la dominación árabe hasta la Guerra Civil pasando por todos los conflictos, las guerras de sucesión, las venganzas, las invasiones, las idas y vueltas de la monarquía, todo, absolutamente todo, caminando por Chinchón. Sólo les contaré que algunos de esos cuadros de Goya que a mí tanto me conmueven, y que había visto el día anterior pacíficamente colgados, prolijitos, en el Prado, fueron pintados aquí, me imagino que con un ánimo no tan pacífico ni tan tranquilo ni tan prolijo, sino en medio de los "horrores de la guerra", con el pobre Goya atormentado por imágenes terribles de soldadesca francesa y turbamulta. Y que aquí, en esta plaza donde hoy nos sentamos al sol a tomarnos un vinito vestidos con camisas made in China, atendidos por camareros polacos o ecuatorianos, todos tan razonables y tan civilizados, pasaron cosas, muchas cosas, desde los moros hasta antes de ayer. Para muestra, las fotos, las dos en la misma plaza de Chinchón.
Hace casi cinco años que vivo en España; casi no pasa día sin que me pregunte si quienes la visitan, los pintorescos turistas, e incluso quienes se instalaron, como yo, a vivir aquí, saben realmente qué ven cuando ven España. Estoy segura de que si supieran disfrutarían más, y valorarían más. Esta paz y esta prosperidad (sí, a pesar de la crisis) tiene atrás siglos y siglos de dolores, de luchas, de penurias. Chapeau para España; y para los españoles, que lo consiguieron.

Los dejé con Mitre


Ahí los dejé plantados, con el ilustre General Mitre, en Madrid. Bueno: ese día, el día del hallazgo de Mitre en la Gran Vía madrileña, nos paseamos en el coche recién alquilado por Chinchón y por Aranjuez. Quizás de esa tarde lo que me quede fijado en el recuerdo sea que en la Plaza Mayor de Chinchón habían montado una plaza de toros (la que se ve en la foto: la plaza de Chinchón convertida en "coso"), y que en Aranjuez vi por primera vez el Tajo, ese río mítico que atraviesa la península para ir a desaguar al Atlántico, en la bella Lisboa.
Hay detalles, claro, y probablemente son lo único que importa, o al menos lo que yo quiero que quede en este blog, que cada vez se convierte más en un diario de viaje. Ahora les cuento.

05 noviembre 2009

Encuentros inesperados


Para el sábado decidimos alquilar un coche y escaparnos un poco de Madrid. De paso ese mismo coche me serviría el domingo para llegar a Extremadura, donde me esperaba la emoción de Deleitosa. Así que después de desayunar nos personamos en la oficina de Avis que teníamos más cerca, en la Gran Vía. Mientras el Bibi hacía la cola (que habrá crisis, sí, pero hay cola hasta para comprar jabones) yo me fui a dar una vueltita, nada, caminar hasta la esquina. Y hete aquí que allí mismo, en la esquina, me encontré con este nombre y esta cara que ven en la foto. No sólo fue un Presidente de mi país, y el fundador del diario La Nación, y el responsable de buena parte de la debacle histórica del Paraguay, sino además el nombre de mi calle, de mi casa, de mi arrabal porteño; los madrileños no deben tener idea de quién es ese tipo que figura con nombre y dibujito como de Billiken (no, tampoco tendrán idea de qué es el Billiken); y yo no tengo ni idea de por qué tiene una calle en pleno centro de Madrid.
Pero hubo esa mañana más encuentros: cuando volví a la oficina de Avis, a contarle excitada mi hallazgo al Bibi, me lo encontré charlando animadamente con su vecino de espera. Allí, haciendo cola para alquilar un coche, se encontró con un compañero del hospital, pero del hospital Ferrer, su hospital de Buenos Aires. Hacía más de cinco años que no se veían; y estoy segura de que jamás se les hubiera ocurrido a ninguno de los dos que se volverían a ver de manera tan casual y en lugares tan lejanos. La vida tiene esas cosas; y el mundo, sí, es menos ancho de lo que nos parece.