Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

31 julio 2009

Y rapidito a dormir

Y después de cenar, cuando todos seguían en Collioure de comida y paseo y música callejera a pesar del "xaloc" desenfrenado, nosotros nos fuimos a dormir, que el dái había sido larguísimo. El camino hasta el hotel bordea el mar, y es lindísimo de día y noche, con sus lucecitas a lo lejos. Mañana será otro día.

Y la movida del pueblo


Ahí lo tienen al Bibi, cuando todavía no se había hecho de noche y ya empezaban a llenarse los bares y restaurantes. En uno de ellos nos sentamos a cenar, temprano pero ya de noche. Y mientras comíamos se levantó un viento que parecía que íbamos a salir volando nosotros, los platos, las mesas, las sombrillas y hasta los muros inconmovibles y centenarios de las murallas. Pero nadie le dio la menor importancia; todo el mundo siguió comiendo y charlando y bebiendo y disfrutando una noche tibia, lindísima, y ventosa. La chica que nos atendía nos dijo que era el "xaloc", un viento que viene del norte de Africa; y en realidad también sopla aquí, en Baleares, aunque me parece que en verano nunca lo sentí tan fuerte. De paso: por las calles de los pueblos y las ciudades mediterráneas es frecuente encontrar rosas de los vientos, algunas muy bonitas. Seguramente está ligado a su tradición de navegantes, que dependían y dependen tanto de los vientos y las tempestades y los temporales en el mar. Curioso.
Ah! Casi me olvido: nuestra primer cena en Francia: perfecta y riquísima. Y cuando miren la foto presten atención a las banderitas colgadas (y colgaron de un cordel de esquina a esquina un cartel y banderas de papel, dice el Nano en Fiesta; se ve que esa es otra costumbre muy mediterránea). La "sang i or" (sangre y oro, que así llaman los catalanes a los colores de su bandera) de las barras catalanas, también en la Catalunya francesa.

Y las calles


Y las murallas


Y el puerto con sus barcas


Y la playa y la iglesia y el molino


El pueblo


Así son las callecitas del pueblo.

Y más Collioure


Ahí me tienen con mi mochilita y cara de feliz. La verdad es que estaba en la gloria, ahora que pienso. Y más datos de la zona: se reconocen y lo reivindican como catalanes. Pero tan franceses como los parisinos. Son la región catalana de Francia, y nada más. A todos los que les dije que me podían hablar en francés o en catalán me miraron como si estuviera loca: no lo habla nadie. Y estoy segura de que reciben mucho turismo catalán, porque están al lado. Castellano hablado como los indios pero con muy buena voluntad; o francés que les encanta que los viajeros sepamos, pero de catalán ni bon día.

Los turistas

Fue un drama estacionar, porque el pueblito es chiquito y en esta época está lleno de turistas. Pero conseguimos un lugarcito en la playa, y nos recorrimos el pueblo entero subiendo y bajando cuestas, así que ahí van muchas fotos.
Para nuestra sorpresa no vimos ni un viajero ni un empleado de restaurante o de bar o de negocio que no fuera francés. Un turismo tranquilo, e familias de clase media francesa; nada de ostentaciones, ni de hordas de alemanes cantando, ni de ingleses borrachos. Todos, absolutamente todos franceses. No vimos ni un turista de otro país, ni en el pueblo ni en el hotel. Y cuando nos preguntaban de dónde éramos le salía ese ohlala!! que les sale tan bien a los franceses, con verdadera cara de sopresa, como si casi no pudieran creer que hubiéramos llegado hasta allí; y otra cosa que los dejaba con la boca abierta era que les hablara en francés. Faltó poco para que me besaran; en cuanto nos escuchaban se lanzaban a balbucear algo en español (todos parecen saber aunque sea algo), pero cuando les decía que me podían hablar en francés faltaba que me abrazaran. Increíble.

Y ahora fotos


Dejamos las cosas en la habitación y arrancamos para Collioure. Tenía muchísimas ganas de conocer ese pueblito, que forma parte de un itinerario literario que tengo en la cabeza, y que de a poco iré recorriendo. En el cementerio de Collioure está enterrado Antonio Machado, del que yo tengo palabras y palabras grabadas en la memoria. Allá por los 70, cuando yo era una joven estudiante de Letras en mi lejana Buenos Aires y ni me soñaba que un día iría a Collioure, me tocó cursar Literatura española contemporánea con un fanático de Machado. Tanto que le dedicó medio año sólo a él y el otro medio a todos los españoles que escribieron en el XIX y el XX, hasta Angel González, que fue el último punto del programa. Y el año anterior a venirnos para acá me encuaderné el tomito de la Poesía Completa de Austral que tenía hecho una ruina pero repleto de anotaciones, exclamaciones, subrayados, datos biográficos, notas al pie: más que un libro es un cuaderno de apuntes. Está acá conmigo, y conmigo viajó a Soria y ahora a Collioure.

Pero ya les contaré, porque en esa primera aproximación a Collioure no vi ni quise ver el cementerio. Así que ahí van fotos de un pueblo inolvidable, a orillas de este Mare Nostrum, rodeado de pinos, con las casitas de colores formando un laberinto alrededor de la playa y el puertito, y con su muralla y su iglesia y su faro. Inolvidable.

Hacia Collioure


Así que sigamos donde dejamos la narración. Habíamos salido de Barcelona, nuestro trámite ya terminado, con rumbo a Girona (ya fuimos varias veces) y a Francia. El último pueblo de España se llama La Jonquera, y en la frontera hay un puesto enorme y carteles de un lado y del otro, pero absolutamente nada más; ni controles, ni coches detenidos y haciendo cola ni nada de nada. El camino, que es un autopista, sigue igual y si no fuera por el cambio de idioma en las indicaciones del camino ni te das cuenta de que cambiaste de país. Nosotros teníamos que seguir la ruta hacia Perpignan, y desviarnos cuando viéramos la indicación hacia Argelés Sur Mer. Y llevábamos además a la señora que habla y habla y habla sin parar: siga recto durante 46 Km; doble a la derecha y entonces doble a la derecha. Estoy empezando a pensar que el Bibi está enamorado del aparatito este; no sé, esa voz medio gangosa le debe resultar ratoneadora. En fin: una vez en Argelés Sur Mer, tomar el camino hacia Collioure, porque nuestro hotel, que teníamos ya reservado, está mitad de camino entre los dos pueblos, sobre la costa.

Llegamos en poco más de dos horas, yendo tranquilitos y hasta parando en el camino a estirar las piernas y tomar algo fresco y fumar un cigarrillo sin riesgos de desparramar chispas por esos montes, que arden con la facilidad de una parva de paja reseca.

Y ahí va alguna foto del hotel (http://www.hoteldugolfe-argeles.com/) o mejor dicho del paisaje desde el balconcito de la habitación. En la página de internet parece supermoderno y de mucho diseño. Y la verdad es que las fotos no mienten: es un hotelito chiquito, tranquilo, en un lugar precioso, con una vista relajante y despejada sobre el mar; pero sin ninguna pretensión ni ningún lujo. El único inconveniente es que no tiene ascensor, pero son dos pisos, está todo perfecto. Y lo atienden unas chicas francesas agradables y discretas, que están allí sin que se las vea mucho: ideal.

De paso: aunque hace muchísimo que no hablo francés, para mi sorpresa lo entiendo perfectamente y me defiendo bastante bien; hasta recordé palabras que no tenía ni idea que sabía: de algún cajón profundo de la memoria salen las cosas que alguna vez estuvieron, se ve.

No podrán con los mallorquines, nadie puede.

Eso que yo puse de título es exactamente lo que escribió un periodista del Diario de Mallorca, ben mallorquí él. Así que yo, que también creo que no podrán con los mallorquines, que nadie puede, espero y deseo esta vez fervorosamente que no puedan con ellos, ni con nadie. Que para estos tipos a los que una playa de mar azul, arena fina y blanca, cuerpos al sol y tragos de daiquiri sólo les inspira muerte y bombas, no haya ni olvido ni perdón. Ni tampoco desaparición ni salas de torturas, no sea cosa que dentro de unos pocos años se conviertan en "jóvenes idealistas", que yo no nací ayer y me ha tocado nacer donde me ha tocado nacer. Sólo persecución, juicio con todas las garantías y condena de cadena perpetua.
Y que todos nos acordemos para siempre del día en que la tarde del paraíso voló por el aire en la playa de Palmanova. Los jóvenes idealistas estaban trabajando de camareros en los chiringuitos, bajo un sol de justicia; o nadando en la playa con sus amigos, de vacaciones; o leyendo tirados en la arena de cualquier cala; o mirando la tele a la sombra y al fresco, en sus casas. No poniendo bombas ni elucubrando cómo joder hasta la muerte al prójimo.

30 julio 2009

Scriptum interruptus, o algo así

Algunos de ustedes me recomiendan más o menos ardorosamente que me dedique a escribir. Ahora bien: ¿qué cosa es escribir? ¿Un oficio? ¿Un hobbie con cierto grado de exclusividad? ¿Un trabajo? ¿Una soberana pelotudez? Considerando las condiciones en las que yo me siento a escribir me inclino francamente por esto último.
¿Ustedes a qué se dedican? ¿Son abogados, pintores de cuadros o de brocha gorda, carpinteros, plomeros, médicos, secretarios de una oficina, jardineros, vendedores de tienda, maestros de escuela, mujeres (que hombres jamás) dedicadas a atender su casa, cocineros, costureros, qué? ¿A qué se dedican todos ustedes? ¿Se imaginan a un plomero interrumpido cuando está soldando el caño de abajo de la alacena del 5to. B por uno de sus hijos y/o su cónyuge para recordarle que hay una pila de ropa para planchar que llega al techo, o para preguntarle por la ubicación precisa de su hijo menor, o hasta para mandarlo a atender el teléfono o a cocinar un huevo frito? ¿Se imaginan en esa misma situación de interrumpido, y por tan importantes razones, a un abogado mientras está alegando frente al juez; o a un jardinero mientras se retuerce las dos manos trepado a una escalera en la mitad del jardín tratando de hacerle un injerto al duraznero; o al cocinero mientras saca las papas fritas de la sartén con una mano y con la otra bate los huevos; o a una ama de casa mientras se pasa, agotada y un poco harta, el antebrazo por la frente apoyada en el inodoro mientras lo friega con lavandina; o a un médico en el preciso momento en que le está anunciando a un paciente que tendrá que resignarse nomás, porque es cadáver irremediablemente?
Bueno: ahora imagínense a una mujer "que no trabaja de nada" escribiendo en algún lugar de su casa, cualquier lugar, por recogido que sea. Todo el mundo, TODO EL MUNDO, desde el marido hasta el afilador que pasa por la puerta tocando todos los timbres, tiene todo el derecho a interrumpirla, porque para todo el mundo esa mujer sentada tecleando en una máquina NO ESTÁ HACIENDO NADA EN ABSOLUTO. O al menos nada que merezca concentración ni silencio ni respeto ninguno; en otras palabras: está pelotudeando.
Escribir es para hombres; o para mujeres sin familia o riquísimas, que tienen los asuntos familiares resueltos; o solteras o solitarias irremediables, o lesbianas. Y si no me creen hagan la prueba, como hice y estoy haciendo yo, de revisar la historia de la literatura universal, desde la maravillosa Safo hasta la muy farsante y publicitada Isabel Allende.
¿Que me dedique a escribir? ¿Que me dedique a inventar un argumento y un mundo novelesco lleno de matices y de recovecos? Casi no puedo terminar de escribir 20 renglones seguidos si no es a las 5 de la mañana, cuando duermen los niños, los maridos y hasta los afiladores.
Pero no debe ser nada de eso. Definitivamente yo no tengo talento para tanto.
Después, en algún momento en que por fin consiga un rato largo de silencio o al menos de no interrupciones por asuntos tan capitales, les sigo contando el viaje. Ahora mismo me reclaman mil tareas IMPORTANTÍSIMAS que nadie puede hacer por mí. Fijarme si el menor está en el baño o en su cuarto; o en qué estante preciso de la heladera, que es tan enorme y tan inexpugnable, hay una lata de coca cola, por ejemplo. Esas cosas, por supuesto, son infinitamente más importantes que ubicar una coma o acomodar un verbo a un sujeto ya lejano, que eso es cosa de cuando la maestra nos mandaba a hacer la consabida redacción, tema: la vaca. Y hablando de vacas, en este momento tengo una mala leche que no se los puedo ni explicar.

Encuentro del compatriota


Cada vez que me encuentro con uno me sorprendo; y no debería porque son muy frecuentes. No, no hablo de compatriotas humanos, sino de otros más criollos que todos nosotros, y que se ve que se adaptaron al Mediterráneo como si hubieran estado allí siempre. Ombúes, que yo encontré en Valencia, en Granada, aquí en Palma (varios, muchos), y también en Barcelona, en los jardines del Montjuic, de flora tan mediterránea (je).

La cuestión es que los veo de lejos y los saludo como si se tratara de expatriados, como si estuviera segura de que se alegran de verme y de escucharme hablar en argentino, y de que yo los descubra y los fotografíe y los guarde en la memoria para volver a visitarlos cuando vuelva a la ciudad. Compatriotas. Queridos y evocadores compatriotas en el exilio.

Y el pirulo del estadio olímpico


La feliz pareja en una tarde de primavera. Lástima el avión y mis terrores, carajo.

Y el Montjuic

La Avenida María Cristina, y al fondo las escaleras que suben al Montjuic y que dan miedo, pero sólo de lejos, porque en realidad se modernizaron y al costadito de las monumentales tienen escaleras mecánicas (demos gracias a Dios y a los catalanes).

Y en mayo


Por abril o mayo volvimos a Barcelona, pero el Bibi y yo solos. Un grupo de amigos le regalaron el viaje, con entradas para ver al Barça incluidas, para su cumpleaños. Yo la ligué de rebote: regalo para mí también. Así que paseamos otra vez por la ciudad, que siempre tiene algo nuevo que todavía no vimos. Esta vez aprovechamos dos cosas que me encantaron: fuimos al Teatro Nacional de Cataluña (http://www.tnc.cat/) a ver La casa de Bernarda Alba, con Nuria Espert en el papel de Bernarda (inolvidable, me cansé de aplaudirla), y el domingo a la tarde conseguimos entradas para un concierto en el Palau de la Música (http://www.palaumusica.org/) , sin importarnos qué concierto fuera, porque el espectáculo era el teatro, que es patrimonio de la humanidad, y se lo merece. De lo mejor del modernismo catalán, que es muchísimo decir.

Acá van fotos del Montjuic, de abajo a arriba. La Plaza de España y sus torres, tan enormes y tan evocadoras de Venecia; los jardines y los pabellones de la Feria Internacional de Barcelona de 1929, convertidos en museos e instalaciones culturales; y al final el estadio olímpico y su pirulín, que creo que es una antena de comunicaciones, aunque no estoy segura.

Ahí van las fotos de otro viajecito breve y feliz, en primavera.

29 julio 2009

Y más Barcelona


Y un puesto de fruta del mercado, uno de tantísimos, un canto a la sensualidad de los colores, los sabores, los olores; y los puesteros que conversan y ofrecen esto o aquello, y las vecinas que eligen y compran y cargan en los carritos, y un trasiego de gente que circula mirando, pesando, tocando, oliendo. Los mercados son una celebración antigua de la vida; un placer demorado y festivo. Una gloria. Este, el de la Boquería, tiene el lujo añadido de poder encontrar lo que se te ocurra, del lugar del mundo que se te ocurra, y mostrado como si se tratara de las vidrieras de una joyería.

Ya que estamos


Les pongo unas fotos de Barcelona, pero de viajes anteriores. Unas, del mercado de la Boquería, de principios de enero, cuando estuvimos con los chicos, parando en un hotel precioso de las Ramblas (http://www.hotel1898.com/) apenas a unas calles del mercado. Hacía frío, llovió como si le pagaran por litro, cayeron piedras, pero nosotros disfrutamos la ciudad como si fuera primavera. El invierno tiene su encanto. Ahí van las fotos.

De excusa: Barcelona


En la foto les puse un detalle de un edificio del Paseo de Gracia, en Barcelona. No es el edificio del Consulado, que está en un cuarto piso, adentro de una galería, sino un edificio cualquiera, de esos parecidos a los que hay en Buenos Aires, construidos a principios del XX. Si amplían la imagen van a ver lo mismo que vi yo: ahí escondida, una imagen de la R. Argentina, hasta con cartel. Rarezas que se encuentran mirando para arriba.
Y ya que tengo que hacer el gasto de ir a Barcelona, aprovechemos, me dije, para hacer un viajecito. Así que el martes pasado, 21 de julio, arrancamos en el vuelo de las 7 de la mañana (a las 6 en el aeropuerto, sí, una calamidad). El Bibi sin dormir porque venía de la guardia; yo sin dormir porque los aviones me siguen causando un terror ancestral, incontrolable. El vuelo dura más o menos media hora; apenas se deja de ver la costa mallorquina cuando aparece en el horizonte, por encima del ala, la costa catalana, y esa fugacidad no me alivia los terrores. En fin. Habíamos reservado un coche por internet, así que poco después de las 8 de la mañana estábamos circulando por la ciudad, que ya a esa hora tiene los accesos bastante complicados.

Llevamos el aparatito ese que te indica, insistidor, por dónde tenés que ir. Y la verdad es que para entrar y salir de las ciudades viene bien. De cualquier manera ya nos vamos familiarizando con Barcelona, y el consulado está en pleno Paseo de Gracia, en el centro de la ciudad, es fácil de encontrar. Hicimos el trámite (poner los deditos entintados, sacarse unas fotos, pagar unos cuantos euros, llenar unos formularios, no mucho más; pero para eso te hacen sacar turno con meses de anticipación), tomamos un cafecito y aprovechamos para desplegar mapas y ubicar el recorrido.

De paso: a esta altura ya sé dónde me tengo que ir a sacar las fotos, dónde hacen más rápido las fotocopias, dónde te sirven mejor el café. Digamos que los alrededores del Consulado Argentino ya van siendo casi mi barrio. Barcelona es siempre una ciudad preciosa. Lástima el vuelo y mis terrores.

Trámites

Durante mucho tiempo pensé que iba a haber un día en que por fin sintiera la euforia de haber terminado con los trámites, de volver por fin a la legalidad de siempre, a la sensación de ser un ciudadano cualquiera, con unos derechos y unas obligaciones como cualquiera. Esas cosas que no se aprecian hasta que te pasa como al Gregorio kafkiano: una mañana te levantás y te ves convertido en cucaracha.
Bueno: yo no me levanté un día sino que me bajé de un avión un día, a miles de kilómetros de casa, y de repente: heme aquí, cucaracha. Alguien a quien cualquiera podía referirse de cualquier modo (hay mil maneras: indocumentado, ilegal, inmigrante indocumentado, sudaca, panchito, sudamericano, irregular, y mil etcéteras) y asociar además a cualquier clase de malos vicios y delitos. Algo puse en el blog: aquí en Palma hasta hubo gobierno que pagó miles de euros por informes que aseguraban que el problema de las sudamericanas es que tenían (teníamos) una inclinación cultural a la prostitución, lo que dicho en buen criollo viene a querer decir que éramos (somos, seremos, qué sé yo) todas putas. Y hubo quien con la sutileza de un cascotazo en los dientes (o un sartenazo en la jeta, que dice mi buena amiga la Oriental) me dijo que si no me gustaba lo que había ya podía irme por donde había venido.
Con todo eso durante largos tres años, creí que cuando por fin tuviera un documento que acreditara que yo seguía siendo una inmigrante, pero en son de paz e incluida en la más estricta legalidad, me aliviaría y hasta sentiría esa efervescencia de la meta alcanzada. No fue así. No sé si porque ya estoy un poco vieja y las emociones se van atenuando, o porque las amarguras pasadas fueron tantas que ya no tendrán alivio. Algo así como aquel viejo y revelador "no habrá más penas ni olvido".
La cuestión es que desde diciembre del año pasado, hace ya unos meses, soy legal. Y hasta tengo desde hace unos dos meses mi carné de conducir en regla. Todo un logro. Ya puedo ver un policía y no huir despavorida como si fuera el mismísimo Jack el destripador. Pero no sentí ningún entusiasmo, ninguna alegría, ningún deseo de brindar con champagne y tirar papel picado. Nada de eso. Guardé los consabidos documentos en la billetera, suspiré como quien encuentra un banco donde sentarse al fresco después de una larga caminata, y nada más.
Pero hete aquí que los trámites siguen, interminables. Apenas 6 meses después de declararme formalmente una extranjera residente en España ya estoy otra vez con papeles de renovación: otra vez fotocopias de pasaportes, contratos de trabajos, certificados de matrimonio, de empadronamiento, de buena conducta, qué sé yo: otra vez sopa.
Y otra vez, para hacerlo más complicado, y más caro, a tramitar un certificado de antecedentes penales al consulado argentino, o sea: a Barcelona. Y que después algún alma caritativa me lo recoja en Buenos Aires y me lo mande por correo, porque tiene una validez de tres meses desde que se inicia el trámite, y por vía consular pueden tardar dos meses en mandártelo. ¿Por qué? Porque sí; porque las burocracias, acá y allá y en todas partes, están sobre todo para joderle la vida a la gente, y porque después de todo sin ellas, qué hubiera sido de nuestro buen Kafka?