Diario de viaje: una argentina en Mallorca

Mi foto
Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

30 diciembre 2007

Y caminando caminando


Resulta que caminando y caminando por Roma es imposible no asombrarse o no encontrar por allí cosas que uno ha visto mil veces en fotos, en los libros, o incluso en muchos casos que guarda en algún rincón de la memoria. Siempre buscando el Tevere, cerca del Pantheon pero si tuviera que volver no sabría dónde, nos topamos con Sant´Ivo alla Sapienzia (con la iglesia hemos topado, sí), esa iglesia tan particular de Borromini (el mismo de Sant´Agnese y de San Carlo delle quatre fontane y de tantas otras cosas bellísimas de Roma; el eterno rival de Bernini), tan original, tan distinta a todo lo que hizo que hasta se llegó a pensar que puede haber allí influencias árabes que habría traído de un viaje a la Córdoba española. Es un joyita como perdida en Roma, que uno no encuentra en ningún mapa turístico. Y para completarla, en una de las paredes laterales de la iglesia, en una calle casi sombría, muy poco tránsitada, la fuente de los libros, que es para mí de las más lindas de la ciudad. Nada espectacular, nada deslumbrante, está allí apoyadita en la pared y es PRECIOSA. Ahí va la foto. Mi cara de felicidad es por el hallazgo, que casi me hace caer de culo.

Coi legno della foreste argentine

Il Municipio di Buenos Aires
rinnovando il pavimento stradale
coi legno della foresta argentine
volie pietosamente
circondare di religioso silenzio
le tombe venerate
dei due primi re´d´Italia
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Il Comune di Roma
riconoscente de´ sentimenti fraterni
pose questa memoria

Febbraio MCMVI

¿Qué tal? Nosotros siempre honrando a los deshonrosos. Resulta que los tanos a los reyes los sacaron a patadas en el quetejedi, porque la verdad es que eran impresentables, y la placa quedó allí, para que yo me la encuentre.

Y la placa de la Piazza Rotonda


Cuando vayan a Roma miren siempre para arriba. Se encontrarán sorpresas increíbles, o que al menos a mí me parecen increíbles. La plaza frente al Pantheon es preciosa. Rodeada de cafés y bares y bullicio de gente que va y viene, en el centro mismo de la plaza se levanta uno de los varios obeliscos egipcios que hay en Roma, y este es además de los más antiguos. Si ya impresiona pensar que el Pantheon es de los tiempos de Adriano, lo del obelisco egipcio directamente da frío en la espalda y resulta difícil de creer: todo indica que es de la época de Ramsés II, algo así como doce siglos antes de Cristo. Y allí está, a la intemperie, padeciendo los mil avatares que habrá sufrido Roma desde que quién sabe qué barquito romano lo hizo atravesar el Mediterráneo para plantarlo allí. Increíble. Pensar que ahora para mover un cuadro de 40 centímetros se toman mil y una precauciones, se pagan fortunas en seguros, se arma toda una parafernalia de cuidados. El Mediterráneo debe estar repleto de cosas como estas perdidas en naufragios. En fin.

Pero vamos a lo nuestro: ahí les pongo la foto de la placa que encontré en una pared de la Rotonda. Si no se lee bien se las transcribo.

Y allá vamos


Allá vamos con el primer día de verdad despierta en Roma. Desayuno tempranísimo (buon giorno signora, buon giorno signore), mapita en mano, y a recorrer. Hace frío, hace mucho frío. Pero hay un solcito invernal, pocas nubes, un lindo día. Recorrido de hoy: el que nos salga de cierta parte, pero organizaditos. Así que empezamos buscando el Tevere y en el camino nos encontramos con el Pantheon, que ya habíamos visto de afuera la noche anterior. Esta vez entramos, recorrimos, descubrimos las tumbas célebres de los dos primeros reyes de Italia (y uno de esos justamente, Umberto I, es el que le firmó al "nono Castellini" el "pasaporto" para que viajara a la Argentina, y que encontramos nosotros ya ni sé cómo y que tanto nos sirvió. Y así de paso: buscando datos sobre este malhadado Umberto I, de mala memoria, encuentro que cuando el tipo quiso entrar a la escuela militar tuvieron que cambiar los reglamentos porque el hijo del rey de Italia, el que sería también rey, medía 1,50. Como el nono!!!! ¿No serían parientes? No estará mi brevísima suegra emparentada nada menos que con la casa de Saboya??? Después de todo eran también piamonteses, y los reyes ya se sabe cómo son) y del mismísimo Rafael, que también reposa allí; nos enteramos de que en el Pantheon se siguen celebrando no sólo misas (fue la primera construcción del imperio romano convertida en iglesia) sino hasta bodas (se imaginan casarse en el Pantheon?????? Guauuuuuuuu). Y hasta hubo tiempo para descubrir en una pared de la Piazza Rotonda, frente al Pantheon, una placa curiosa, muy curiosa. Después les cuento y les muestro.
Por ahora ahí lo tienen al Bibi, abrigadito, frente al celebérrimo M AGRIPPA L F COS TERTIUM FECIT; que viene siendo Marco Agrippa Lucius fili consul tertium fecit, y en cristiano: Marco Agrippa, hijo de Lucio, en su tercer consulado, lo construyó. Lo cual es famoso, y mentira. El Pantheon de Agrippa era otro que también estaba allí pero del que se sabe muy poco. Este, el conservado y famoso y bellísimo y modelo de perfección arquitectónica, que inspiró las cúpulas de Florencia y hasta la de San Pedro, lo mandó construir el modesto Adriano, que prácticamente nunca hacía poner su nombre en ningún lado. Más de un gobernante de estos días podría tomar nota.

29 diciembre 2007

Y se acaba el primer día

Y en pasear un poco entre la gente, y mirarlo todo y estirar el cogote para ver esos colores que sólo en Roma tienen las paredes se nos fue lo que quedó del día. Llegamos hasta el Pantheon, que está muy cerca, pero ya ni pudimos entrar porque era tarde. Así que a comer algo (pizza Margherita, claro) y a dormir, que el día empezó muy temprano y fue larguísimo. Una curiosidad de esas que seguramente olvidaré si no la escribo aquí: ya en el hotel encendimos la tele y empezamos a hacer zapping de canal en canal. Por allí enganchamos un canal alemán cuyas imágenes nos llamaron la atención, nos resultaban familiares. Era un documental sobre Tierra del Fuego. Entrevistaban a trabajadores de las estancias fueguinas, que relataban sus vidas ásperas en un castellano de tono muy chileno, casi incomprensible, y un locutor iba traduciendo al alemán. Los entrevistados eran gente muy humilde, sufrida, gastada por el trabajo brutal, por el clima durísimo, por las mil penurias de la vida patagónica. Pero por allí empezaron a mostrar todo el proceso de la lana, desde la esquila hasta el armado de los fardos y la exportación a los mercados europeos o asiáticos. Y entonces el entrevistado fue otro: el dueño de la estancia, al que incluso con la traducción al alemán encima se le entendía perfectamente. ¿Y quién era el personaje? Un porteño elegante y bien vestido, con botas de montar, nada de piel curtida por los vientos de infierno ni de manos destruidas por el trabajo bestial. Y yo miraba la pantalla de la tele y escuchaba la voz de ese porteño distinguido y no podía creer lo que veía: era Fernando Menéndez Behety, el mismo con el que alguna vez había charlado yo en Playa Grande; el mismo que se pasaba las tardes en el paquetísimo restaurante del Golf de Mar del Plata tomando champagne y jugando con sus amigos a ver cuál nombraba primero las siete maravillas del mundo, o los siete pecados capitales, o los siete no sé qué (siempre era con siete el juego). Y el tipo, que en la playa jugaba con mis chicos a ver cuál era de Racing y cuál de Independiente, explicaba de manera magistral todo el proceso de la producción de lana de su estancia, de sus ovejas, de su Tierra del Fuego. Y yo me lo vengo a encontrar haciendo zapping en un cuarto de hotel en Roma. El mundo es un "panuelo", que dijo el paisano.

Y más Fontana


Y podría ponerme muy solemne y empezar a despacharme con datos y datos de la famosa Fontana. Nada de eso haré, por supuesto, y por dos razones: la primera porque no hay nada que les interese saber que no puedan encontrar apretando botoncitos en el teclado; y la segunda es que a mí la Fontana de Trevi no es, ni de lejos, la que más me gusta de Roma. Es espectacular, sí. Y uno sale corriendo a verla ni bien pisa Roma; y si está lejos o no sabe muy bien dónde encontrarla hasta se emociona ni bien empieza a escuchar el susurro del agua, que suena de lejos como en ninguna otra fuente romana. Pero me parece que el lugar de relevancia que ocupa en el imaginario de todos los viajeros está más ligado a Anita Ekberg en esa espectacular escena de la Dolce vita, con ese escote, y esa melena rubia y esa sensualidad, y ese detenerse el mundo en el encuentro con el bellísimo Marcelo, que a la historia de la fuente que estoy segura que muchísimos de los que se cansan de sacarle fotos ignora absolutamente. Roma le debe mucho a los Papas, sí; pero muchísimo a Fellini también.

Hemos visto un guía con cara de aburrido explicarle a un grupo de ingleses que ese era Neptuno subido a una gigantesca concha y tirado por dos caballos y dos tritones. Y hasta contarles que los tritones eran unos seres mitológicos (!!!!!!!) "como las sirenas". Y los ingleses escuchar atentamente, no sé si porque no lo sabían o no lo estaban viendo con sus propios ojos o porque no podían creerse que hubieran pagado para que les contaran semejantes obviedades. A mí me divierte siempre encontrar la falsa ventana del Palazzo Poli, y descubrir el nombre del Papa que por fin, después de tanta marcha y contramarcha, se dio el gusto de verla terminada.

Y para fuentes romanas, las hay para mí mucho más lindas, escondidas, modestas, solitarias, preciosas.

Roma, Roma, Roma


Nos hospedamos en el hotel White (www.whitehotel.com) , que ya teníamos reservado y pagado vía Corte Inglés. Ubicación ideal, a unos metros apenas de la Fontana de Trevi, de la Piazza Barberini, del Quirinale; a pocas cuadras del Pantheon, en fin: mejor imposible. Un hotel chico, de esos en los que después del primer desayuno te conoce todo quien, limpio, bien. No era perfecto, no. La heladera del cuarto no funcionaba (nos compramos una botella de Pommery para brindar la noche de Nochebuena que nos trajimos de vuelta a Palma, porque el champagne caliente no es lo que se dice ay qué rico), el baño muy paquete y muy limpio, sí, pero la ubicación de la bañera la debe haber diseñado Mefistófeles, o uno de esos arquitectos argentinos (ay si les conoceré las mañas) que miden que el agujero de la cerradura coincida con no sé qué detalle del cuarto, pero después te ponen la rejilla en la parte más alta del suelo, cosa que el agua se te escurra exactamente para el otro lado. Para abrir la canilla de la bañera hay que meterse indefectiblemente adentro de ella, con lo cual si te metés vestida te mojás la ropa, y si te metés desnuda te cagás de frío hasta que el agua sale caliente. El duchador no tiene de donde colgarse, para enjuagarte inundás el baño entero, así que o lo secás o allí no volvés a entrar sin botas de goma hasta las rodillas. ¿Que me voy en detalles? Pues les cuento que cada vez que me bañé (4 noches, 4 baños) me acordé de todos los parientes del desgraciado arquitecto. Para completar me perdieron la parte de arriba del pijama, que se supone que se fue con las sábanas a la lavandería. Prometieron mandármelo a casa en cuanto apareciera. Yo prometo que les contaré si consigo rescatarlo.

Por lo demás el personal del hotel cálido y hospitalario. El "botones", el único botones, un turco sonriente que mezclaba un mal italiano con un español extraño, pero eficiente y gauchazo. Con todo y los inconvenientes del baño, creo que volvería, y hasta se los recomendaría.

Y allá fuimos, ni bien dejados los bártulos en el cuarto, a recorrer el barrio. Nos quedaba no mucho más de una hora de luz, porque a las 5 de la tarde es de noche, y había que aprovechar. Lo primero: la Fontana di Trevi, y a tirar las monedas. Y después caminar tranquilamente entre puestitos de recuerdos baratos hasta el Pantheon. Y bares, y cafés, y pizzerías y tavolas caldas y mucha gente y bullicio por la calle; y turistas del mundo entero, voces inglesas, francesas, alemanas, chinas, españolas. Y buen ambiente; y contra todos los prejuicios ninguna sensación de inseguridad ni de riesgo. Al menos en las zonas turísticas se ve mucha, MUCHA, policía. Y muchos, muchísimos moros y negros vendiendo absolutamente de todo: versiones truchas de Dolce & Gabana, de Prada, de Gucci, de Louis Vuiton. Pero tantas, tantas y tan fieles, que llega un momento que uno se pregunta si habrá alguien en este loco mundo dispuesto a pagar miles y miles por lo que se consigue en todas las esquinas de Roma por 20 ó 30 euros. En fin: con lo que despellajamos a la estiradísima Inés Pertiné cuando en medio de la mishiadura general se paseaba con una cartera de 3.000 euros, ahora resulta que la pobre debió gastar menos que yo con mis modestas y criollas carteras de Prüne. Es lo que tiene la ignorancia: uno se pone hasta malo.
Y ahí nos tienen a los dos, después de haber tirado las monedas, con la Fontana de fondo, felices y contentos, recién llegados a Roma.

Sueño en el tren


Llegados a Fiumiccino, recogidas las valijas (¿alguien puede explicarme por qué cazzo las valijas de uno son siempre, pero SIEMPRE, las últimas en aparecer? Esos que llegan primeritos a la cinta y cuyo equipaje sale también el primero, ¿le pagan coima a alguien, le rezan a algún santo de las valijas, tienen alguna cábala? ¿Cómo lo hacen? Yo quiero ser como ellos, carajo!!!!) y pegados varios suspiros de franco alivio, nos dedicamos a buscar la estación de tren, que era según nuestros cálculos lo mejor para llegar al centro de Roma. La verdad es que el tren es caro, y suponemos que siendo dos no debería costar mucho más un taxi, pero dadas las mil prevenciones que uno tiene particularmente con los romanos, con fama de ser más ligeros para currar turistas incluso que los argentinos, que no me digan que no es casi un récord, preferimos hacer tren y metro. Todo fríamente calculado: 11 euros por cabeza el tren, con el que no había posibilidad de error: nos teníamos que bajar en la Stazione Termini, el final del recorrido. Y allí mismo tomar la línea A del metro, también muy fácil: Roma tiene sólo dos líneas, A y B, y bajarnos apenas dos paradas después, en la Piazza Barberini.

El tren llegó enseguida, es limpio, cómodo, rápido y tiene la ventaja de todos los trenes: como circula algo por encima de la ciudad uno va viendo lo que normalmente no se le muestra a los turistas. Desde allí vimos que en las afueras de Roma hay barrios de rancherío, como en nuestra lejana Buenos Aires; zonas abandonadas si no de la mano de Dios, que se supone que no abandona a nadie y menos en Roma, que es como su sede central, sí de la mano de los servicios municipales: mugre, basurales, yuyos altos como árboles, en fin: pobreza, la fea pobreza de la que hablaba ya Virgilio (y noten que ya me estoy poniendo a tono). El Bibi, que seguía medio muerto de sueño, se preguntó entre cabeceada y cabeceada, por qué los romanos podían tener esos trenes tan confortables y nosotros en cambio la línea Roca. Como les digo: el hombre estaba dormido, si no no se entiende semejante pregunta. La foto que les puse es la prueba fiel de que no les miento: ahí lo tienen con cara de mamado en el tren.

El metro nos pareció tan caótico como los de todo el mundo: la gente que quiere entrar y empuja y no deja salir a los que se quieren bajar, el amontonamiento, el apuro por meterse antes de que cierren las puertas, como en todos lados. Ah! antes de olvidarme: 1 euro el ticket. Y llegamos a la Piazza Barberini, y ni bien asomamos la cabeza al aire libre estábamos enfrentre de la Fonte dei Tritone, al inicio de la Via Veneto, en el medio de Roma. Respirá, Alicia, respirá y creételo: allí estás otra vez, treinta años después. Increíble.

28 diciembre 2007

El viaje

Después de muchas vueltas logramos viajar juntos. Sí, parece un chiste. Pero no: el viaje fue estrambótico: yo iría a Madrid el sábado a la tarde, acompañando a los chicos que tendrían que pasar la noche allí para salir al día siguiente hacia Buenos Aires, y el Bibi, que el sábado tenía guardia, se reuniría conmigo en Barajas en la mañana del domingo. Al final el vuelo de los chicos se "reprogramó" (qué palabrita! Muy moderna. Parece que todo puede "reprogramarse" ahora; hace unos años ni existía la palabra, creo). La cuestión es que casi en la madrugada (para mí, que soy de hábitos más bien nocturnos), del domingo 23 de diciembre, recién llegado el Bibi de su guardia en Inca, que había sido agotadora e insomne, arrancamos rumbo a Son Sant Joan. Detalles, detalles: despertamos a esas horas casi inmorales al pobre Joaco, que como un hijo ejemplar nos esperó helado al pie de las escaleras de la Plaza Mayor para llevarnos y volverse con mi albóndiga (el convertible, sí, el famoso convertible con el que ya tomé confianza y que así, de paso que estoy en un paréntesis les digo que merece no sólo un comentario aparte en este blog, sino casi un libro: mi convertible está perfectamente vivo, y es muy caprichoso además). Y allá partimos hacia Madrid primero, para esperar el vuelo de Alitalia que al fin nos dejaría en Roma. Las cosas que yo siento cuando esas desgraciadas moles ponen los motores a mil y te adhieren al asiento para despegar, sólo quien siente verdadero terror las sabe. Pero en fin: al menos ahora, después de tanto y tanto, he conseguido tomar coraje y subirme a pesar de todo. Para el resto será nada, apenas un detalle o un comentario: "mirá, Ali por fin se anima a viajar". Para mí es un mérito gigantesco. Me siento una verdadera heroína, qué sé yo, una Juana de Arco del siglo XXI.
Como en un sueño, efecto del pastillaje del que me valgo para soportar lo insoportable, me acuerdo de que el vuelo fue bueno, y que tuvimos que esperar un rato bastante largo en Barajas, y que aproveché, cómo no, para compar alguito en el free shop. Y que tomamos un café en alguna parte, y que nos metimos más de una vez en esa especie de jaulones vidriados, vergonzosos, apestosos, que la generosidad de las autoridades aeroportuarias de Barajas previeron para los fumadores. Y que pensé, y que pienso, que algún día en el futuro, a alguien, quizá incluso a mí misma, le dará vergüenza haber sometido a la gente a semejante humillación.
Pero sigamos: por fin llegamos a Roma, en un vuelo de Alitalia que duró algo más de dos horas y que también fue bueno (demos gracias a Dios). Me cuenta el Bibi que al final hasta me comí un sandwiche mientras volábamos; yo no me acuerdo. Y llegamos a Roma alrededor de las dos de la tarde, creo. En todo caso la mañana se nos había ido entre vuelo y vuelo, ay, por los aires.

Sin el terror

Sin el terror pánico que le tengo a los aviones, que me hace tener la absoluta certeza de que ese, precisamente ese, avión en el que yo viajo se vendrá fatalmente abajo, yo hubiera podido en los días previos contarles que iríamos a pasar Navidad a Roma, aprovechando que los chicos se iban a Buenos Aires y que Joaco quedaba en la querida compañía de su Juliette. Pero....pero pero: dado que cuando tengo que viajar no quiero ni hablar del tema, ya que no puedo dejar de pensar las 24 horas del día, me dediqué en esos días previos a hacer todo lo que tenía que hacer, que igual era muchísimo: preparar el viaje de los chicos, con sus valijas y sus regalos; acomodar la casa, que me gusta dejar en orden antes de los viajes (por si las moscas: si me muero no quiero que quien sea que tenga que recoger mis pertenencias vaya por allí pensando mientras me llora "qué desprolija era, la pobre"), arreglar el entuerto del vuelo de los chicos, que me hizo gastar tiempo, dinero y sobre todo nervios, muchos nervios. En fin: que pasamos nomás la Navidad en Roma con el Bibi, y aquí va, a continuación, la crónica del viaje, que fue inolvidable pero del que con el tiempo, seguramente, se perderán los detalles más interesantes. Aunque parezca increíble el tiempo nos borra hasta los nombres de los hoteles que nos protegieron de fríos y lluvias y que durante unos días nos fueron tan familiares.

03 diciembre 2007

Ellos

Se llamaba Sebastián Bibiloni. Cuando empezaba la adolescencia su padre le dijo que lo tendría que acompañar a Menorca, apenas la isla de enfrente. En el muelle de Palma quedaron sus hermanos menores, la mano en alto, y su madre, extrañamente llorando y aferrada a un pañuelo. Cuando el viaje se alargaba y se alargaba y empezó a sospechar era demasiado tarde para lágrimas. El barco atravesaba ya el Atlántico, ese océano ajeno y tan distinto de su íntimo Mediterráneo, rumbo al sur. La familia se volvió a reunir mucho tiempo después, cuando padre e hijo hubieran reunido a fuerza de trabajo y penurias en la ciudad enorme el dinero para los pasajes de los ausentes. La familia que formó en la Argentina jamás le escuchó el menor atisbo de acento español. Era un porteño. Había aprendido a hablar castellano en Buenos Aires; y a leer, y a escribir. De su infancia mallorquina le quedaron para siempre una cierta nostalgia en la mirada; la memoria evocadora del paladar (las ensaimadas, las cocas de trempó y las olivas trencadas) y algunas palabras catalanas en forma de refranes o cancioncitas infantiles de ninas y soldats a las que su familia argentina no prestaba demasiada atención.
Era el abuelo de mi Bibi. El único abuelo que recuerda haber tenido.