Diario de viaje: una argentina en Mallorca

Mi foto
Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

25 junio 2007

Pronto

¿Qué dicen ustedes cuando dicen que algo está pronto? ¿Que ya va a estar? ¿Que falta poco, muy poco? ¿Que todavía hay que esperar, muy poco pero hay que esperar? Pues muy bien: cuando mi amiga la Oriental me decía ya estoy pronta, eso significaba que ya estaba con el picaporte en la mano, bañada, vestida y acomodadita. Lista, ya. Nada de falta poco. Y si el pronto era el pollo del horno, a sacarlo porque se quema; ni un minuto más. El pronto de los uruguayos es un presente absoluto. El nuestro es futuro. Y en algunos casos futuro muy incierto: quién sabe cuánto tendremos que esperar a una porteña (yo, por ejemplo) cuando nos dice que estará lista pronto.

Si les toca

Si les toca ir al Uruguay proximamente, recuerden esta especie de instructivo, que les será sin duda de gran utilidad. Qué más hubiera querido yo que estar advertida de que no debía solicitar con correctísima voz argentina que me trajeran a la habitación del mastodóntico Conrad esteño unos "apósitos femeninos" (cómo se llaman????????? Cómo corno se llaman las cosas esas incordiosas que no nos queda más remedio que usar cada tanto??????????) con carácter de urgente. Yo, inocente de mí, pensé que aquello sería fácil; no estaba en Holanda, con esa lengua inextricable, ni en la parte flamenca de la dorada Bélgica, ni en Kuala Lumpur, ni en Burundi o Estambul. Yo estaba en Punta del Este, tierra hermana, apenas la cercana vereda de enfrente. Pues ¿qué me trajeron? Ahí apareció, solícita, también hay que decirlo, y veloz, una camarera con una minúscula bandejita plateada y encima, ligera y elegantemente posada, una curita. Una curita!!!!!!!!! Yo soy más bien menuda, es cierto, pero tampoco es eso. No pude evitar tomar en mis manos temblorosas la curita y revisarla atentamente del derecho y del revés, a ver si conseguía el milagro de que aquello se agrandara de algún modo. Véanme a mí bajando rauda en el ascensor y buscando desesperada una farmacia, un kiosquito, algo, algún lugar donde poder señalar con el índice: quiero esto. Y retengan esa imagen para no confundirse nunca más: cuando cruzan el río, las cosas cambian.
Hecha la correspondiente introducción, presten atención a mis conocimientos adquiridos después de breve y felicísima convivencia con mi amiga, la Oriental. ¿Con qué lavan ustedes los baños? ¿Con apenas dos gotas de qué vulgar producto purificarían ustedes el agua si sospecharan que podría no estar del todo limpia? Sííííííííííí: con lavandina, me dirán unos; con lejía, me dirán otros. Pues no: los uruguayos limpian con "aguajane", ¿me lo pueden creer?????. Con aguajane! dentro de quién sabe cuántos siglos los historiadores de la lengua se devanarán los sesos tratando de encontrar alguna raíz indoeuropea de donde agarrarse para explicar semejante disparate de nombre. Y no se les ocurrirá sospechar de alguna gringa "Jane" que estuvo en el origen.

Misterios del Cercano Oriente

Más o menos cuando yo ya creía que nada o pocas cosas podían sorprenderme vine a descubrir que nuestra lengua rioplatense tiene sus vueltas y revueltas, y que hay que andar atentos, muy atentos, para que a uno no le pasen cosas raras. A esta altura tengo claro que hay franjas del lenguaje que son tierra de nadie; o mejor dicho: tierras de todo quien. Como por algún lado tienen que cambiar, que si no no estarían vivas y hablaríamos todavía latín, las lenguas aprovechan para hacer sus mutaciones en los lugares en donde más se gastan. Y dónde se gastan más, preguntará algún distraído. Pues lógica pura; como cualquier otra cosa: en donde más se usan, que es donde más se friegan. Piensen si no en los cuellos de las camisas, en los puños de los sweters, en la abismal diferencia de manchas entre frente y espalda de cualquier remera.
Las palabras de la vida cotidiana, los nombres de las frutas y las verduras, de los utensilios que usamos en nuestra vida doméstica, de la ropa que usamos todos los días; las palabras con que hablamos en la más rigurosa intimidad, esas que solemos decir en voz baja y en el ámbito de nuestras casas; las palabras con que nombramos la sexualidad, que siempre están allí como escondidas bajo mantos de pudor o de hipocresía ... en fin, en esas franjas que empiezan siendo delgadas suelen arrancar lo que después serán variaciones enormes, que no dejan nunca de sorprendernos y que los lingüistas estudian con ardorosa paciencia y más o menos éxito.
¿Que a qué viene todo esto? Bueno: por supuesto que no me llamó para nada la atención, y no me costó nada acostumbrarme, que en España, separada de nuestras pampas por kilómetros y kilómetros, llamen de manera diferente a tantas cosas. Los duraznos, los damascos, los alcauciles, las chauchas, el ají molido, el puchero, las facturas, las frutillas; las remeras, los sweters, las bombachas, los corpiños, los buzos, los sacos, los sobretodos, las polleras, las camperas, los jeans; las heladeras, los plomeros, hasta la Coca Cola, que aquí no puede pedirse abreviado: nada de Coca, al menos si uno quiere Coca Cola. Las "malas palabras" y las maneras de insultar, que aquí son otras; las maneras de llamar no sólo al acto sexual y sus etapas digamos (¿cómo cazzo se nombra eso? ¿se podrán llamar etapas? Ah qué difícil! bueno, igual me entienden: no es lo mismo un chuponcito de nada, un franeleo fugaz, que otras cosas ya más contundentes. Para poner sólo un ejemplo: mi amigo Tomeu, el mallorquín aporteñado, me dejó por allá abajo un comentario en el que menciona los que él llama "besos de tornillo" (!!!!!). Y en qué despelotes me meto yo solita sin que nadie me mande, madre mía. Dejémoslo) , sino también las partes del cuerpo involucradas, en sus nombres más íntimos y más vulgares: como las llama todo el mundo, bah.
Pero en estos días me vine a enterar de que si pasara una temporadita en la cercana República Oriental del Uruguay también tendría que circular con una especie de traductor simultáneo en el cerebro. Noooooo, ya sé lo que me van a decir: en Uruguay tampoco se cogen los autobuses, al menos hasta donde sé. Pero guarda! Miren que estos orientales tienen cada costumbre más rara también que uno nunca sabe dónde terminarán las diferencias. Ahora les cuento.

22 junio 2007

La Seu

Es tan imponente, tan enorme, que no hay nada que llame más la atención en toda Palma. Y se ve casi desde todos lados: la figura de la Seu con sus agujas que rompen el aire se distingue cuando se divisa la ciudad en la distancia, y uno se da cuenta de que aquella ciudad lejana es Palma en cuanto la descubre. Allí pasamos la Nochebuena escuchando conmovidos el canto desgarrador de la Sibila, y a su sombra, en s ´hort del rey, un jardín precioso, me gusta sentarme a leer. En invierno es un refugio del viento, y en verano una delicia de frescura en medio de la ciudad.

21 junio 2007

Castillos de arena


Los hacen los moros en las calas de Puerto Pollenca con una maestría que uno no puede dejar de pensar si los hacedores no serán arquitectos. Divinos.

En Portals Vells


Y ahí estamos en Portals Vells. Cuando llega la tardecita de esos veleros que se ven fondeados se vienen los ingleses a comer langostas y bogavantes al chiringuito de la playa, que los tiene vivitos y coleando en una enorme pecera para que el comensal elija. La foto la sacó el Bibi y yo la pongo con la sola intención de que envidien un poco y se tienten y vengan, vengan a visitarnos.

Un turista, un amigo


El día que fuimos a Cala Comtessa (que es la que ven en la foto, un poco azulada, eso sí), una playita preciosa y que se llena de gente hasta la bandera, "padecimos" un pequeño episodio sin ninguna importancia, pero que pinta muy bien la mentalidad con la que muchos, que no todos, atienden aquí a los turistas. Nos sentamos en el chiringuito de la playa; yo me tomé un helado. Mientras estábamos allí sentadas esperando que nos atendieran teníamos sentados al lado nuestro al dueño del lugar y a un policía local, uniformado, de puro palique. Conversaban amigable y tranquilamente en riguroso mallorquín, que supongo que creerían que nadie entendería. Grave error. En la mesa del otro lado había una familia de ingleses con chicos chiquitos que comían como limas nuevas, y en otra mesa una pareja mayor de alemanes de apariencia muy, MUY, próspera. ¿Y de qué conversaban tan distendidos el dueño del chiringuito y su amigo el policía en esa lengua que ellos creerían, ilusos, que nadie entendía? Pues de todos nosotros: los turistas. Y nos ponían a parir: que si son (somos) unos roñosos, unos caprichosos, unos malnacidos, una verdadera porquería insoportable. Mientras tanto la camarera, la única camarera, que parecía una europea del Este, rubicunda y políglota, atendía las mesas. Cuando por fin el policía se fue, después de haberse vanagloriado de haber puesto esa mañana montones de multas allí, en la vereda misma del chiringuito, y de lamentar no haber estado el día anterior para hacer lo propio, el malllorquín propietario del lugar se dignó a tomarle el pedido a Mercedes: una ensalada y una Coca Cola. Sin mirarla siquiera, con una cara de bragueta que se la pateaba y con la clara intención de hacernos ver que nos estaba haciendo un favor enorme. Primero trajo la ensalada; la Coca Cola, ausente. Mercedes le recordó, casi a gritos porque al mallorquín ya apoyado en la barra ni se le ocurría mirar hacia otro lado que no fuera el lejano horizonte, que faltaba la Coca. Para qué! No sólo ni la miró, ni le contestó, ni tuvo la deferencia de decirle sí o no; trajo la Coca Cola cuando se le antojó, la apoyó de un golpe encima de la mesa y siempre sin mirarnos se fue diciendo de viva voz y en riguroso español esta vez, como para que le entendiéramos bien clarito "pues vaya lunes tenemos hoy!".

Tuve muchas ganas, muchísimas, y estuve a punto, de decirle que de esos turistas que tanto lo incordian y le parecen tan insufribles come él y seguramente su familia; y que si tanto le molestan, le molestamos, bien podría dedicarse a otra cosa; a tocar la cítara, por ejemplo, o a esbozar la teoría de la relatividad (como dice la Oriental), que es una tarea tanto más sencilla y lucrativa que servirles Coca Cola a los turistas en la playa; o a tirar piedras con hondas y cuidar cabras y comer salteado, que debe ser lo que hacían sus padres y sus abuelos cuando los turistas no venían a Mallorca.

Pero después pensé que soy ya una mujer grande; y que la vida es breve, y generosa con según quién, y que no merecía la pena que Mercedes y yo pasáramos un mal momento por una mala bestia que no debe saber hacer una o con un canuto, así que ahora paz y después gloria, como dicen por aquí. Después de todo para compensar a este animalito del señor estuvo el camarero de Puerto Pollenca, un chiquilín canario simpático y educado; o Nacho, el hijo de Ignacio, y Miguel, que atienden el Mirabó con un cariño que hace que la gente vuelva una y otra vez encantada de la vida; y tantos otros que se esmeran en cuidar el espléndido recurso con trabajo bien hecho.

"Un turista, un amigo" promueve el gobierno balear con enormes carteles. Se ve que no todo el mundo lo entiende todavía. El problema, el nudo del problema, como siempre, debe estar en la educación.

20 junio 2007

Más fotos


Ese semáforo que se ve ahí, rojo, es el que señala que el pilón del suelo que impide el acceso está levantado. ¿Lo ven en el suelo? Bueno: los residentes en el casco histórico tienen permiso para circular y entonces pasan una tarjeta que les da el Ayuntamiento y el pilón se mete en el piso y el semáforo se pone verde y ellos pasan lo más frescos. Te tenés que cuidar porque por esas calles angostísimas donde no hay ni veredas y los vecinos podrían cebarse mate de ventana a ventana de un lado a otro de la calle, circulan autos y hasta una especie de mateos tirados por caballos que pasean a los "guiris". Si no te pegás a la pared te rebanan un pedazo (que mal igual no me vendría: voy a probar a ver si me rebanan un poco de culo, por ejemplo) Este es el del paso desde la plaza de Cort a la plaza de Santa Eulalia.
Y a mí cualquier día, ilegal y todo, me van a nombrar guía turística honoraria de la ciudad de Palma y sus aledaños.

Soy más marmota de lo que creía

Con este asunto de las fotos me acabo de dar cuenta de algo que nunca había visto. Si hago clic en la foto se agranda y se agranda hasta que se me ven hasta las pecas, y por ejemplo en la que estoy en la playa hasta el moretón que tengo en la pierna, que no sé con qué me hice. Evidentemente este asunto de la compu tiene sus vueltas y yo no termino de entenderlo nunca. Cuando ya me creo que lo tengo todo manyado y bien manyado resulta que todavía ni empecé. Parece la vida.

Y a mí

Allí estoy en la plaza Marqués de Palmer, que está pegada a la Plaza Mayor, de la que sale la calle Colom. ¿Qué señalo con el dedo enhiesto? No me acuerdo. Pero ahora que lo pienso puede ser que le estuviera diciendo a Mercedes que allí, allí donde señalo, está la peluquería donde me hicieron "eso" en la cabeza.
De paso: en esa plaza se organizaba el mercado de esclavos más grande del Mediterráneo en tiempos en que Palma era un centro de comercio y trasiego de mercancías muy importante. Como ven ese asunto de los subsaharianos en estos pagos no es nuevo; eso sí: antes los traían de prepo, ahora vienen por su santa voluntad. Otras diferencias me parece que no hay.

La última tarde


La última tarde de Mercedes aquí la dedicamos a mirar un poco de vidrieras, que no debe faltar, a caminar por el centro de Palma, a mirocotear libros en Literanta y finalmente a comernos un bocata en el bar Bosch, que hace las "langostas" más ricas de la isla.
Ahí la tienen a Mercedes frente al Ayuntamiento de Palma, donde pasamos las dos últimas "noches viejas" tragando uvas.
Y de paso: en Literanta encontré a aquel Miguel Dalmau al que plagié hace ya tiempo y que me dio con su nota en el Diario de Mallorca el hilo del que yo tiré y tiré hasta encontrar la curiosa historia de la fundación del Formentor. Ya lo había visto antes en algún lado (esta ciudad y esta isla son evidentemente muy chiquitas: más tarde o más temprano te encontrás con todo quien), pero nunca me había animado a presentarme y contarle que su "Salvemos Formentor" me había resultado tan interesante. Esta vez, envalentonada por la compañía de Mercedes, me animé, y charlamos un rato.

19 junio 2007

Le doy la palabra

A continuación, y por primera vez, alguien que no soy yo va a escribir en este blog. La que escuchan, que yo todavía no leí ni leeré hasta que no lo publique, es mi amiga, la Oriental, que mañana muy temprano, ay, ya se me va.

Imagen. Playa de Illetas, dos mujeres tendidas en un par de reposeras, una de ellas tiene la cara tapada con un sombrero de paja. Duerme. Al fondo una cala pequeña, una playa de aguas turquesa, veleros fondeados en el horizonte cercano.
Retroceso en el tiempo (no mucho, cinco días). Mil horas de vuelos, huelgas, neblinas, desconexiones, el viaje se inicia con malos pronósticos y peores realidades. Malhumor, mal olor.
Por fin Palma, por fin Alicia. Por fin mi amiga. Qué abrazo, cuánta emoción, qué alegría.
Después, días de paseos, caminatas por pueblitos salidos de cuento, playas de tarjeta postal, puertos, calas, montañas, faros, acantilados, bosques. Una isla de sueño y no la disneylandia que me temía
Mi amiga y yo, mi amiga que me regala su tiempo y dedicación. Me da pudor y mucho orgullo, tiene que quererme, pienso, para entregarme así sus horas.
Disfrutamos, sé que disfrutamos las dos, gozamos las charlas y las risas, los silencios.
Vuelvo a este momento, a la playa de Illetas, la veo dormir. Miro el mar, respiro el salitre, siento el sol, escucho el sonido de las olas rompiendo en mis pies.
Miro dormir a Alicia, la miro y quiero guardar este instante, todas sus sensaciones.
Me levanto de la reposera, saco la sony que suena
clic
clic
Y capturo el momento, para siempre.

Y ahí estoy, durmiendo en la playa


Como verán tomé la previsión de taparme la cara con el sombrero. La reposera esa que ven a mi lado vacía es la de Mercedes, que se levantó, la muy oriental, sólo para sacarme la foto. Estábamos, ya me olvidaba, en Cala Comtessa.

Y más Mirabó


Desde las ventanas de esta sala se ve además todo Valldemossa allá abajo, como si estuviera pintada allí para hacernos la vida más bella. Cuando me toque irme de esta isla, si me toca irme de esta isla, que nunca se sabe, este lugar y la amistad y la hospitalidad de Ignacio estarán sin dudas entre lo que recordaré para siempre.

18 junio 2007

Mercedes e Ignacio


En la piscina del Mirabó, increíble. Todo increíble: que Mercedes haya pasado estos días aquí conmigo; ese oasis de tranquilidad y de paz a 15 minutos de Palma que es el Mirabó; la generosidad de Ignacio que nos recibe siempre con una enorme calidez que nunca alcanzaré a agradecer bastante.

Y ahora en el Mirabó


Ahí estoy yo, en patas, y casi sin poder creer lo que se ve y se escucha y se siente en ese paraíso, como me ha pasado cada vez que fui.

Y la Oriental


Una tarde de calor en Valldemossa.

Y más

Para quienes ya estuvieron esas calles de Valldemossa son inolvidables. Para quienes todavía se hacen rogar: tiéntense y abandónense en manos de la tentación.

Y en Valldemossa

Ahí estamos, felices y contentas. Como verán aquí sí encontramos, y con relativa facilidad, quien nos cogiera a las dos juntas. Todo un logro.

Y más, en el faro de Formentor


No sé si ven, pero ahí en el fondo además de mar intenso hay una cabra, cornuda, para más datos. Y eso de las dos fotos es porque no siempre, casi nunca, encontramos quien nos cogiera a las dos juntas. He dicho.

Fotos, fotos, fotos II

No sé si notaron, así como al pasar, pero estoy rubia. Y ni siquiera rubia: medio platinada, medio hippie, medio piantada, bah. Y allí estamos en el puerto de Andratx.

Fotos, fotos, fotos


Después, cuando la Oriental se haya ido y yo me haya quedado acá, alone, under the rain, les contaré recorridos. Ahora que la tengo aquí y no me quiero perder un minuto de su compañía, les pongo sólo fotos. Si en alguna nos ven azules tipo Pitufos no se alarmen. Son nuestros años y las nuevas tecnologías, que no combinan bien y tiran al azul.

13 junio 2007

Sin noticias orientales

Mercedes tendría que haber salido de Buenos Aires ayer a la tarde, y tendría que haber llegado al mediodía español a Barajas. Pero el vuelo de Mercedes, niebla, huelga, despelote, despegó de Ezeiza pasadas las tres de la madrugada, así que se supone que llegaría aquí alrededor de las 7 de la tarde. Mercedes tenía ya comprado un pasaje Madrid-Palma que la dejaría aquí a las 6 y media de la tarde, que obviamente había perdido ya cuando salió de Buenos Aires. Ahora son pasadas las 9 de la noche, y yo sigo en casa, como un león enjaulado, sin saber en qué cielos anda mi querida Oriental. Por lo pronto ya llevamos perdidas cerca de tres horas de abrazos y charla charla y charla. Ya estoy muy, pero que MUY, nerviosa.

Ay patria mía, ay patria mía III

Pues muy bien: ahora, como entonces, como cuando era una adolescente a la que le decían "tú te callas", parece que también tengo que callarme, porque antes era muy chica para opinar, y ahora soy ya demasiado vieja. Antes me lo decían mis padres, ahora me lo dicen mis hijos.
Pero se ve que tanta agua que ha corrido bajo el puente sirvió al menos para que yo aprenda a defender si no otra cosa, al menos mi porción de pensamiento, incluso aunque me equivoque, que además es muy posible y que también eso reivindico: mi derecho a equivocarme. Entonces no me callaré; y les diría más: ya nunca más me callaré. Porque a pesar de que parece que hablo mucho, hablo y he hablado siempre bastante menos de lo que debiera.
Venir a vivir aquí, emigrar, ha sido para mí una experiencia muy dura, MUY dura, nadie sabe qué dura. Y yo no tengo ningún interés, pero ningún interés, en que mis hijos o los hijos de mis hijos tengan que pasar un día por lo mismo que pasé yo. Y entonces digo: si los argentinos que vivimos aquí, que somos muchísimos, no nos damos cuenta de que tenemos que cambiar el chip, que tenemos que respetar el contrato social, que la sociedad en que vivimos no se hace mejor o peor sola, por su cuenta, sino que la hacemos mejor o peor los individuos que vivimos en ella; si no nos damos cuenta de que aquí las cosas funcionan mejor porque hay unas leyes y unas normas de convivencia que la gente está dispuesta a cumplir, dentro de nada lo que habremos hecho es convertir a este país que nos acoge en el mismo lodazal que dejamos atrás con tanto dolor.
Si no nos gusta que nos digan sudacas de mierda, y no nos gusta, a nadie le gusta, no tenemos que funcionar como sudacas de mierda. Y todos, todos, sabemos perfectamente lo que eso quiere decir, porque es justamente de lo que nos escapamos.

Ay patria mía, ay patria mía II

No debe haber argentino con el que haya hablado aquí que no alegue motivos más o menos parecidos para su autoexilio: allá ya no se podía vivir, es un país sin ley, cada uno hace lo que se le antoja y no hay premios ni castigos, la violencia desatada no tiene freno ni control, no se puede ni caminar por la calle, no hay escuelas ni hospitales que funcionen, ir a una cancha de fútbol o a un recital de rock es casi exponer la vida, en fin: todo es un caos. Y aquí, en cambio, las cosas funcionan mejor: casi lo primero que todos notamos nada más llegar es lo más evidente: las calles están limpias, porque las limpian pero también porque la gente tira el papelito al tacho, que está en la esquina y nadie lo arranca de un tirón. Los servicios públicos son, aunque los nativos se quejen, eficientes: los colectivos son municipales y son puntuales, limpios, cómodos; las escuelas públicas están en perfectas condiciones; los hospitales tienen todo lo que tienen que tener y además no tienen nada que envidiarle a las mejores clínicas privadas; podés caminar tranquilo por la calle aunque lleves un Rolex en la muñeca; la policía está para lo que tiene que estar, y a nadie ni se le ocurre pensar que pueda estar involucrada en cuanto acto delictivo ocurre (que aquí también hay delitos, sí); y en general puede decirse que uno siente que hacer las cosas bien o mal no es lo mismo, y que hay un sistema de castigos que funciona. Si vas a 200 km por hora en la ruta y no te agarran, no pasa nada; pero si te agarran, no hay coima que valga: tenés que pagar la multa, que además es feroz. Hay corrupción, sí; pero cuando un corrupto es descubierto, va preso, sea quien sea, va preso.
Hasta ahora todos los argentinos con los que hablé, de a uno, dicen más o menos lo mismo: no somos una comunidad que haya emigrado huyendo de la miseria extrema (como en general los africanos, los europeos del este, los sudamericanos de la Sudamérica más pobre) sino del caos, del desorden, de la vida imposible.

ay patria mía, ay patria mía

Cuando yo era una adolescente de 16 ó 17 años era bastante marmota. Sí, no me lo digan: sigo siendo bastante marmota, pero dejémoslo. A pesar de eso me daba cuenta de que algunas cosas no podrían funcionar eternamente así, y aunque si entonces alguien me hubiera hablado de "contrato social" no hubiera entendido una palabra, sabía de un modo digamos intuitivo que había una especie de ruptura entre los discursos y las prácticas, entre lo que me decían y me habían enseñado que estaba bien y estaba mal, y lo que hacía la gente cotidianamente.
Lo que mucho después se llamaría corrupción, que en esa época no se llamaba de ninguna manera, ya estaba instalándose o estaba ya instalada en la cabeza de la gente. Si había una ley de tránsito que decía que no se podía ir a más de tanto por hora en las rutas, eso era para la gilada. Llegar a Mar del Plata en tres horas y media por una ruta de doble mano escasa, que ahora nos parecería poco más que un callejón, era la demostración práctica de lo vivo que uno era, y de cómo cada quien podía hacer lo que se le ocurriera con la sola condición de tener el dinero suficiente para comprar un auto veloz y después pagar las coimas necesarias para que nadie lo jodiera. Los muertos que quedaban en el camino cada verano eran un accidente, y en todo caso un problema de otro, en el que nadie, por supuesto, tenía nada que ver, responsabilidad cero. Esa especie de manía de burlar la ley, de vivir como si la ley no existiera o no fuera para nosotros, ya estaba allí, vivita y coleando, y esperando como si fuera un demonio para hacer los estragos que haría en la Argentina con la sola colaboración del tiempo.
Y yo, que era una marmota, sí, me peleaba mucho con mucha gente por estas cosas. Y me tenía que callar la boca, también, porque la respuesta de mis mayores era generalmente que yo no entendía nada de la vida y de cómo funcionaba el mundo real, y que ya los años se ocuparían de avivarme, y en pocas palabras: tú te callas, que así funcionaba la relación padres e hijos cuando yo era adolescente, al menos en mi casa.
Ayer salió la estadística anual de extranjeros que vivimos en Mallorca: los argentinos somos algo más de 11.000, la cuarta comunidad después de los alemanes, los ingleses, los italianos (!!!!!!!!!!) . O sea: somos la primera comunidad, porque esos italianos que figuran en tercer lugar, con también alrededor de 11.ooo ciudadanos empadronados en Mallorca, son tan argentinos como yo: italianos nacidos en Bernal o en Lanús o en Almagro o en Mar del Plata.
¿Que qué tiene que ver aquella historia de mi adolescencia con estos bastante más de 20.000 argentinos expatriados? Ah amigos míos! De aquellos polvos, estos lodos.

12 junio 2007

Mi amiga, la Oriental

Dentro de nada, en apenas poco más de 24 horas, iré al aeropuerto de Palma a buscar a Mercedes, mi querida Mercedes, que viene a visitarme. Muchas veces he pensado que la llegada de esta amiga a mi vida fue como un milagro, como un regalo o un premio que me daban por nada, por el puro azar que determinó que me tocaba a mí. Ahora, pasado el tiempo, me río sola de confusiones y malentendidos, algunos sutiles y otros francamente groseros, que pudieron desbaratar el encuentro desde el inicio. Sólo diré que antes de haberle visto jamás la cara supe quién era Mercedes, y que era mi igual, como si del otro lado del breve río que entonces nos separaba me hubiera aparecido una gemela.
Desde la primera comunicación, tímida, vacilante, supimos las dos que podíamos confiar una en la otra, que no teníamos que explicarnos ni los chistes, que esa manera ácida de mirar y contar la realidad que las dos tenemos es una forma de protegernos de lo que más nos duele; que las patrias, la de ella y la mía, ni empiezan ni acaban en fronteras defendidas por gendarmes o señaladas por carteles, sino en ciertas formas de ver el mundo y hasta en ciertas formas de reírse o de apiadarse de él, que a veces es lo mismo.
Confraternidad intelectual, sí; hemos leído, efectivamente, los mismos libros, o casi. Pero no sólo eso. También apoyo y aliento, y disidencias y desacuerdos, porque no siempre nos gustaron los mismos libros. Y afecto, del bueno, del que une personas de un modo indisoluble. Podría contar aquí muchos gestos de Mercedes que me apañaron el alma en momentos muy duros, pero nada de lo que yo pudiera decir alcanzaría.
Mañana llegará mi amiga, la Oriental, que viene a visitarme. He preparado mil recorridos para arriba y para abajo en esta isla que el destino me tenía preparada quién sabe desde cuándo y quién sabe para qué. De cualquier manera no importará mucho dónde estemos; entre las dos nos hemos construído una patria que se funda inmediatamente en donde nosotras dos nos encontremos. Una terraza con ropa tendida que mira al puerto de Colonia del Sacramento, la mesa de un bar cualquiera de su Buenos Aires, de mi Montevideo (que todavía nos debemos), dos sillones acomodados frente al fuego en mi refugio de Alberti y L, el jardín de la casa de Victoria Ocampo o la vereda oscura donde nos abandona un taxista en mitad de la noche.
Un día, no sé cuándo, tendremos mi amiga la Oriental y yo un bar con muchos libros y una ventana que mire hacia algún horizonte de agua donde se ponga el sol, y dos reposeras para tendernos ahí a charlar y a reírnos hasta que se nos acalambren las mandíbulas, y hasta una vaca atada en la azotea que no sabremos ni ordeñar. Y esa será la patria para todos los expatriados de la tierra.

07 junio 2007

Una chispa

¿Qué pasa si uno al encender un cigarrillo pierde por allí una chispa, una nada, apenas un resplandor fugaz y milimétrico que vuela un segundo en el aire? Bueno, depende, dirán ustedes. Sí, depende. Rodeados de agua, en medio de la mansedumbre de un lago helado o incluso rodeados del oleaje feroz de un mar embravecido (como el mío; ah mi Atlántico sur, embravecido y helado, qué lejos está y cómo lo añoro) no pasará nada de nada. Res de res, que esto del catalán debería yo practicarlo y evitarlo con cuidado al mismo tiempo.
¿Pero si ocurriera por uno de esos azares del destino que uno se hallara perdido en medio de un bosque reseco por tiempos inmemoriales sin lluvias ni rocíos, sin agua, sin agua, sin agua? Ah, me dirán ahora ustedes, así las cosas cambian; puede ser muy peligroso, peligrosísimo; aquella nada inocente, aquel resplandor fugaz que vuela un segundo en el aire, imperceptible cruel y sutil como son las trampas mortales, puede convertirse entonces en una hoguera brutal y arrolladora que se lo lleve todo por delante, que no deje en pie ninguna esperanza de salida, que acorrale la vida propia y ajena.
Pues muy bien. No jugaré con ningún fuego. No quiero chispas ni riesgos ni nada de nada. En riguroso castellano. En argentino, mejor.

Apenas ayer

No suelo sentarme a escribir sobre lo que me pasó hace un rato o sólo ayer. Prefiero siempre decantarlo, organizarlo, esperar a que ese episodio, hallazgo, idea, lo que fuera, se convierta de alguna forma en relevante, adquiera consistencia, digamos. Me dirán qué relevancia o qué consistencia tiene mi almácigo de tomates sembrados en un envase de huevos. Sí, ya sé. En realidad nada de lo que escribo aquí tiene ay qué relevancia. No soy Colón descubriendo nuevos continentes, ni Armstrong pisando por primera vez la luna, ni siquiera Aquiles arremetiendo furioso (el sueño de un héroe soñando el sueño de un héroe) contra el buen Héctor, no. Soy casi nada, ni un grano de arena en la playa, una mujer intentando una vida en un lugar desconocido, como tantas otras miles y miles con más o menos fortuna. Con banales batallas cotidianas que no gana nadie ni pierde nadie, con conquistas de nada, de territorios habitados por nada ("Así es mi vida, / piedra, / como tú. Como tú, / piedra pequeña. / Como tú, / piedra ligera; / como tú, / canto que ruedas / por las calzadas / y por las veredas /como tú, /guijarro humilde de las carreteras, / como tú, / que en días de tormenta / te hundes en el cieno de la tierra / y luego /centelleas / bajo los cascos / y bajo las ruedas; / como tú, / que no has servido / para ser ni piedra / de una lonja / ni piedra de una audiencia, / ni piedra de un palacio, / ni piedra de una iglesia... / como tú, piedra aventurera... / como tú / que tal vez estás hecha / sólo para una honda... / piedra pequeña / y / ligera." )
Pero ocurre que muchas veces, muchas, me he preguntado qué extraño tanto además de lo obvio. Qué cosas de la vida cotidiana, si finalmente la vida aquí no es tan distinta de la de allí. Anoche terminó ese taller de Pessoa, y con esa excusa nos fuimos a comer un alguito por allí y seguir la charla, ya sin papeles ni libros en la mano. Y allí estábamos tres mujeres hablando sentadas en la terraza de un bar cualquiera, de una ciudad cualquiera. Risas, confidencias más o menos íntimas, recuerdos, o simplemente comentarios ligeramente maliciosos, ligeramente inocentes también; picoteo de tortilla (rica, riquísima) y unos mejillones y una copa de vino, ruido de platos y de vecinos de mesa y una cierta complicidad de tres amigas charlando alegremente. Nada, dirán ustedes. Nada, hubiera dicho yo hace dos años, cuando eso ocurría o podía ocurrir cualquier tardecita en Buenos Aires. En mi vida de dos años para acá, como un milagro, que yo les agradezco a esas dos amigas nuevas. Por un rato fui, otra vez, una mujer con una vida normal.

03 junio 2007

La charla

Quedé en que les contaría la charla que me tocó dar en la feria del libro. Fue el viernes pasado y en realidad no tuvo más importancia que el hecho de ser la primera cosa que hago en dos años que no sea perder más o menos gozosamente el tiempo y/o dedicarme a las nunca bien ponderadas tareas del hogar ("sus labores" parece que les ponían en los documentos a las mujeres españolas hasta hace nada. A pesar de los pesares: hemos recorrido un largo un camino. Cuando se habla de las grandes revoluciones de la historia, de los momentos en que las cosas cambiaron de un modo radical para la humanidad, se suelen mencionar episodios que en realidad cambiaban sólo la vida de unos pocos. Muchas veces me pregunto si algún día no se estudiará el siglo XX como el de la más fantástica y gigantesca revolución nunca vista: la que le cambió la vida nada menos que a la mitad de los seres humanos, al menos en occidente, pero en fin).

No sé si fue la falta de costumbre o el olvido absoluto de la práctica de hablar en público (casi podría decir de hablar a secas; si en estos dos años me hubiera contado las palabras emitidas seguramente sería casi un record de silencio), pero lo cierto es que tenía un susto encima como si en lugar de tener que dar una charla banal en una feria del libro pequeña hubiera tenido que dar una conferencia en las Naciones Unidas. El tema fue un libro, claro. Una novela, de la que no les contaré porque ya hablé de ella hace mucho aquí, en el blog (qué moderna estoy). Y todo fue bien. Para aliviar un poco la sensación de cosa extraña recurrí a un viejo método que me tengo muy estudiado: me saqué los anteojos, con lo que el mundo se me convierte en una nebulosa, e hice un esfuerzo por imaginar que ese público dispuesto a oirme era un grupo cualquiera de mis alumnos porteños. El asombro: salí fotografiada en el diario (!!!!!!!!!!!) y hasta me hicieron una notita para un canal de televisión local, que por suerte no vi. El jueves pasado, cuando llegamos a nuestra clase de tango, un "compañero de clase" me lanzó: "ah, yo a ti te he visto en la tele!" y quise morirme, pero ya estaba hecho. Después de todo peor hubiera sido que me hubieran visto en la sección policial.

Y para cambiar radicalmente de tema y dejar atrás ese episodio, ahí van comentarios ligeros de la vida cotidiana: 1) planté semillas de "tomatigues de ramallet" en uno de esos envases de plástico en los que suelen venir los huevos: ya tengo un pequeño almácigo de tomates en el balcón, que buscan destino terrenal. 2) Estoy formando parte de un mini taller de lectura de Pessoa, a cargo de un profesor de la UIB; el profesor y el grupo de lectura, encantadores; Pessoa me está dando unos ataques de angustia de ferocidad regular. Tengo que ir a Lisboa; algo me tendrá que pasar a mí en Lisboa, o quizás, miren qué esotérica que ando hoy, algo me haya pasado a mí en Lisboa en alguna de mis vidas pasadas (!!!!!!!!!!!!!). Creo que ya escribí por aquí que cuando uno se hace adulto y deja de creer en los Reyes Magos, acaba propenso a creer en cualquier disparate que quieran contarle.