Diario de viaje: una argentina en Mallorca

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Nombre: albertiyele
Ubicación: Palma de Mallorca, Illes Balears, Spain

31 mayo 2006

El destino de un libro: azar o voluntad.







¿Conocen a Dolina, a Alejandro Dolina? Supongo que muchos de ustedes sí. Yo siento por Dolina ese sentimiento que guardo para la gente que me ha hecho disfrutar algo de la vida. Noooooo, no sean malpensados. Jamás lo vi de cerca siquiera. Pero me ha acompañado con su voz y su pensamiento y también sus ocurrencias en muchas madrugadas porteñas; y me ha hecho reír hasta llorar, sola en la cocina de casa, mientras todos dormían. Bueno: Dolina dijo una vez, y seguramente lo debe haber dicho varias porque como buen conocedor de la radio sabe que el público nunca es exactamente el mismo, que los libros nunca llegan a nuestras manos por azar; que cuando leemos un libro es porque ese libro tiene algo para decirnos precisamente en ese momento de nuestra vida, como si hubiera una capacidad mágica en las páginas; algo, un mensaje, que nos está predestinado.

Me reí cuando lo escuché, y lo tomé como lo que sigo creyendo que es, una humorada ingeniosa de Dolina. Pero por esa misma época, que fue a comienzos del año pasado, me pasó algo por lo menos curioso y que les voy a contar ahora.
Yo "heredé" de mi abuelo paterno, abuelo Pedro, muchos libros. Lo de "heredé" fue entre comillas porque en realidad no hubo nunca un acto formal de herencia, pero abuela Luisa, su mujer, me fue regalando año tras año para mis cumpleaños alguno de los libros que seguían en la biblioteca de su casa sin que nadie los leyera; como lo sobrevivió muchos años y vivió, ella, una vida larga, de ese modo ligué unos cuantos. Otros me tocaron en el reparto más o menos desigual de las cosas que quedaron en su casa cuando faltaron los dos. En fin: para mí no pudo haber herencia mejor, así que no tengo de qué quejarme.

Muchos de esos libros, la mayoría, estaban cuando llegaron a mis manos en estado de verdadera calamidad. Habían sido ediciones rústicas, muy baratas, y seguramente leídas y releídas por abuelo, y después cruelmente abandonadas a su suerte de humedades y polvo en estantes de biblioteca que se ve que abuela, la muy francesa, no frecuentaba ni siquiera para limpiar. Como contrapartida tenían varias virtudes: eran generalmente buenos títulos, casi siempre ya muy difíciles de encontrar en librerías de Buenos Aires; por la misma rusticidad de las ediciones estaban hechos de un papel grueso, basto, que resistió bastante bien los embates del tiempo (fiera venganza la del tiempo, dice el tango), y por último: casi todos tenían, tienen, alguna anotación, algún subrayado, alguna marca de lectura de mi abuelo, de mi abuelo Pedro.

De a poco los fui leyendo todos, con un placer demorado y doble: la lectura y también el regodeo en el objeto, en el libro en sí. Muchos de ellos están en Mar del Plata, porque allí era donde abuela me los daba de regalo: cumplí todos los años de mi vida en esa casa (no, ya sé, todos no; pero este que cumplí es de otra vida, aclaro). Y el último verano que pasé allá a mamá le dio por hacer pintar la sala donde está la biblioteca, así que hubo que vaciarla; y ya que estaban todos los libros metidos en cajas y había que volver a acomodarlos en su lugar, aproveché una tarde de lluvia marplatense para hojearlos, limpiarlos, toquetearlos un poco.

Apareció, como si nunca hubiera estado allí, un libro raro. Absolutamente descuajeringado, con las tapas de ese papel grueso rotas casi en pedazos, descosidos los cuadernillos, calamitoso; y detrás, o mejor dicho adentro de esa ruina, una novela de Blasco Ibáñez, Los muertos mandan, que no sólo nunca había leído sino que no recuerdo siquiera haber visto antes ni en mi biblioteca ni en ningún lado.

Sin leerlo, sin atreverme ni a hojearlo mucho por miedo a que se me deshiciera en polvo, fue uno de los pocos que en lugar de dejar en la biblioteca marplatense me llevé conmigo a Buenos Aires, para aplicarle mis buenas artes de encuadernadora novata. Finalmente para eso, pensé, había ido yo a aprender a encuadernar, exponiendo como expuse la integridad de mis dedos, que alguno hasta terminó hecho papilla en el intento.

Habrá sido por abril del año pasado que, terminado el verano que fue en mi vida tormentoso, y casi como una terapia, me acordé de esos pocos libros que me había llevado de Mar del Plata a Buenos Aires con intención de arreglarlos. Así que una noche, una vez los chicos acostados, Rubén ya aquí en España, dispuse sobre la mesa de la cocina los ejemplares, o lo que quedaba de los ejemplares, y mis utensilios de encuadernadora: hilos, agujas, pegamentos, colas, pinceles, tijeras, punzones, y una dosis casi infinita de paciencia que Dios parece haberme dado sólo para las actividades manuales (mal repartida la paciencia, sí). Y allí apareció aquel libro, o ruina de libro, del que sólo sabía hasta entonces el título y el autor. Lo cosí prolijamente, a cuadernillos, lo encolé, le puse las guardas y las salvaguardas, lo enlomé, le preparé las tapas, y un buen día, cuando faltaba sólo llevarlo a guillotinar, se me ocurrió leerlo. Y hete aquí que la novela está ambientada en la Palma de Mallorca del siglo XIX, nombra calles de la ciudad que están todavía perfectamente reconocibles en las descripciones, costumbres, prejuicios de los mallorquines, miserias y grandezas de la nobleza insular. Me pareció asombroso, y quise tomarlo como un último mensaje de abuelo, casi una advertencia, un aviso: fijate a donde vas, nena.

Cuando me vine para acá pude haber traído algún libro. Pero no pude o no quise elegir. Si no podían ir todos, no iría ninguno; y así sigo, sin ellos. Pero en uno de los viajes que hizo Joaquín le pedí que me trajera ese ejemplar extraño, que el azar quiso que estuviera añares en mi biblioteca pero que yo lo leyera un mes antes de venirme. Aquí, finalmente, un encuadernador profesional le puso las tapas que habían quedado sin pegar en Buenos Aires, y le doró el lomo. Y yo terminé de descubrir, en la última página, un dato curioso: "ADVERTENCIA: El gran aumento de precios en todos los materiales y jornales que se requieren para la edición del libro así como para la encuadernación, nos han obligado á aumentar los precios de nuestras publicaciones.
Desde el primero de Enero de 1920, el precio de este libro es de 4 pesetas en rústica y 5 encuadernado. LOS EDITORES. 30-XII-1919"

Deduzco por las fechas que el librito llegó a Buenos Aires con abuelo, que lo debe haber comprado en sus pocos años en Barcelona para cargarlo en su seguramente única valija de madera o de cartón; atravesó con él el mar rumbo a mi país y rumbo a mí también, a mi existencia, en quién sabe qué barco. Y ahora hizo el viaje de vuelta en un jumbo de Aerolíneas Argentinas, 80 años después, en la valija de su bisnieto, mi Joaco, que tiene casi exactamente la misma edad que él tenía cuando arrancó para América.

Original novela la de Blasco Ibáñez ambientada en Mallorca; misterioso destino de idas y vueltas a un lado y otro del Atlántico, de reposos de años en estantes de bibliotecas, de reparaciones y reciclajes el de este libro, que tiene el raro privilegio de ser, hasta ahora, el único que se vino conmigo a Europa.

A veces lo miro, el rey de mi todavía escasa biblioteca mallorquina, y me sonrío: quizás no lo trajo de vuelta a España ningún azar; quizás haya logrado finalmente cumplir su voluntad.

En las fotos: el libro tal como quedó. La advertencia sobre el aumento del precio, y la tapa, que le conservé, tal como estaba cuando lo encontré.

18 mayo 2006

Los mallorquines no existen

Y yo he llegado a tal conclusión que les parecerá descabellada aplicando la pura lógica. Mi profesor de catalán dice que él es catalán. Cuando le preguntan dónde nació, dice que aquí, claro, en Mallorca, él y todos sus antepasados; pero se siente catalán.
El amigo de Perico que se quedó a dormir en casa el sábado pasado dice que él es foraster. Cuando le preguntamos dónde nació dice que aquí, claro, en Mallorca, como su padre; pero sucede que su madre es andaluza, de Córdoba, así que él es a todos los efectos un foraster. Y entonces digo yo, como decía la letra del tango: dónde hay un mallorquín, viejo Gómez, los han lima´o con piedra pomez!

17 mayo 2006

Los festejos

Hoy el Barca, creo que en París y jugando contra un equipo inglés, pero no me hagan mucho caso, ha ganado no sé qué copa; en todo caso una importante. Por un rato largo Palma se paralizó; mientras los chicos miraban el partido en la tele yo regué las plantas, limpié el balcón, leí algún diario por internet. El silencio y casi la tensión se respiraban en el aire como detenido de la ciudad, que yo veo por mis ventanas. Y finalmente un clamor de gritos y bombas de estruendo y fuegos de artificio estalló en la ciudad que parecía dormida. El Barca había ganado y aquí se festejaba como un triunfo propio, y estoy segura de que no hubiera pasado lo mismo si el ganador hubiera sido cualquier otro equipo español.
Por un rato los festejos me trasladaron a otro tiempo y otra ciudad, como si fuera a otra vida. Estoy tan lejos y tan cerca; somos, argentinos y españoles, tan distintos y tan iguales.
Y hoy mi clase de catalán, que parece ser una fuente inagotable de historias que contar, me dejó pensando en algo. Ocurre que en un intento de que nos lancemos a hablar, aunque sea a malhablar, nuestro buen David (que francamente es un chico encantador) nos invita en cada clase a plantear un tema cualquiera, algo que nos haya llamado la atención, una excusa para sacar conversación. Hoy el tema fue una estadística sorprendente: en el Diario de Mallorca de hace pocos días apareció un estudio que dice que 1 de cada 5 habitantes de Palma, no de Mallorca sino de Palma, carece de estudios. Me parece por lo menos curioso, y en todo caso alarmante. Y para no errarle al vizcachazo hubo quien sostuvo, frescamente, que esos números se deben... ¿a quién? ¿quiénes son los analfabetos? Sí, acertaron: los inmigrantes. Ya que estábamos en la clase de catalán recordé inmediatamente una frasesita que el sábado pasado me hizo reír mucho: Perico invitó a un amigo a dormir; en la sobremesa se pusieron los dos a imitar a sus profesores que les dan clase, y los retan, en catalán riguroso. Y como lo imitable de los profesores (pobres de nosotros caer en manos de los niños) siempre es algún borde filoso, salió a relucir algo que parece que el de Ciencias Naturales les repite muchas veces: "Cada dia el mateix! Cada dia el mateix! Em teniu fins els collons!" Por si no entendieron, aunque es fácil, se los digo en castellano: "todos los días lo mismo! todos los días lo mismo! Me tienen hasta los cojones" (así, entre paréntesis, refinado el profesor, no?). En fin. En esa frase pensé yo mientras mi compañero se explayaba en su teoría remanida de otra culpa para achacarnos a los inmigrantes: somos, también, los responsables de que suban los índices de analfabetismo de este país que como es de todos sabido es y ha sido siempre la cuna misma de la educación.
No hay medio masivo de comunicación en el que no se ligue de manera indisoluble la delincuencia con la inmigración; los índices de desempleo, la polución ambiental, la escasez de agua, la edificación indiscriminada de la costa mediterránea, la suba desmesurada de los precios de la vivienda, la proliferación de contratos laborales basura, la herida de muerte que pueden tener las diversas lenguas del estado español (que de paso, así entre paréntesis: lo que no pudo el muy generalísimo "Paco el nuestro" en 40 años de prohibición, resulta que lo vamos a poder nosotros, los inmigrantes, que se ve que somos mortíferos hasta para las lenguas vernáculas), todos los males de España son consecuencia más o menos directa de la inmigración.
No lo dije en voz alta porque pese a todos los prejuicios soy una señora educadita, pero juro que no pude evitar pensarlo, y en catalán además: em teniu fins els collons!.
Y he pensado: la ola inmigratoria en España no se detendrá; es inevitable; no hay opción. Por muchas leyes que pongan, por muchas barreras legales y hasta físicas, el flujo migratorio que viene hacia aquí es imparable. Tendrá, claro, un final. Pero no porque España o Europa entera endurezcan más o menos sus leyes, sino sencillamente porque la historia nos enseña que esos flujos son cíclicos, y que un día empiezan y un día terminan. Así pasó en Argentina, y así pasará aquí. Cuando eso ocurra, cuando las cosas se asienten, España será otra. Habrá cambiado, para bien o para mal, y ya no será la que fue antes de este fenómeno. Eso también es inevitable y ocurrirá de todas formas.
Sobre eso no parece haber opción.
En cambio me parece que hay otra opción en la que pocos piensan. España puede ser mejor, o puede ser peor. Si los españoles consiguen ver los aspectos positivos de recibir tanto inmigrante y tan diverso, si se produce un mestizaje enriquecedor para todos, si por fin se terminan mezclando el hijo del marroquí con la hija del aragonés; la hija del andaluz con el hijo del ecuatoriano, los madrileños con los cubanos, los mallorquines con los paraguayos o con los ingleses, los vascos con los argentinos o con los magrebíes, cuando todo esto termine España será otra España, y será mejor.
Si en cambio los españoles se endurecen, insisten en encontrar en el inmigrante el chivo expiatorio donde poner todo lo que no les gusta, en separar, en segregar, España también será otra, pero mucho peor. Se formarán ghetos, se amasará una generación de resentidos, se abrirá una brecha insalvable entre los unos y los otros.
La opción es ahora; la Argentina, que no puede decirse que sea modelo de casi nada, es sin embargo un buen espejo en el que España puede mirarse. Allá esa mixtura funcionó, y funcionó bien. Los hijos de los tanos, de los rusos, de los gallegos, se sintieron argentinos y fueron argentinos. Y Francia y la furia de jóvenes que nacieron en Francia pero ni se sienten franceses ni son reconocidos por los demás como franceses, y que parecen dispuestos a incendiar medio París, es otro espejo posible en el que pueden mirarse. Me han tocado, de un lado y otro del Atlántico, tiempos interesantes, que según los orientales es algo así como una bendición de Dios. Vaya con la bendición! Ya me hubiera gustado a mí aburrirme un poco en esta vida!

13 mayo 2006

La crueldad de los hombres

Hoy mientras volvíamos de la playa charlando pasamos por la escuela de vela de San Agustín. Por aquí vive aquella XX, dije yo, y hace mucho que no sabemos nada de ella. XX es una médica argentina que llegó aquí un tiempo después que Rubén y antes que yo, y que se puso en contacto con él casi ni bien llegó porque estaba sola y era amiga de un amigo que le había dado el teléfono. Sé que antes de que yo llegara salieron a cenar un par veces, y una vez yo aquí la he atendido por teléfono más de una vez, aunque nunca llegué a conocerla.
Siempre tuve la sospecha, que por supuesto el Bibi nunca me confirmó, de que la tal XX se lo quería levantar. Alguna vez nos reímos de eso, y nada más.
Hoy, cuando la recordamos volviendo de la playa, fui muy directa: Bibi, ¿estaba buena XX?. Bueno, me contestó el muy farsante, buena, lo que se dice buena, no. Tampoco estaba mal; digamos que para ser una jovata está bien conservada. ¿Bien conservada?, dije yo, ¿qué quiere decir bien conservada? ¿pero cuántos años tiene XX para que digas de ella que estaba "bien conservada"? ¿Y qué me contestó? ¿QUE ME CONTESTO????????: Debe tener 50.
Ah qué crueldad, qué capacidad aguda y punzante que tienen los hombres para hacer daño!!!! Mal hombre!. No le sacudí un bife porque venía manejando. Pero me tuvo que escuchar! Y ahora lo hago público, para que lo odien conmigo. En nombre de todas mis amigas cincuentonas, que son justamente eso: todas, y en el mío propio, y con perdón de Titina, que es una santa mujer: Bibi, te podés ir a la reputa madre que te parió. Fin.

De lo cotidiano o Vive la France

Es sábado, acabamos de comer algo ligero y nos preparamos para rajar a la playa. Me calzo el traje de baño (el bañador, la malla, como quieran o les suene mejor), un pareo, mi sombrero de paja, el libro, el termo con el café y mientras me rocío el pelo con un líquido que he comprado con la ilusión de que todavía ocurra el milagro y me crezca bello y saludable como el de las modelos esas que ofrecen shampúes en la tele (la ilusión, amigos míos, nunca se pierde, o al menos nunca debería), recuerdo que hay algo de mi aspecto que ninguno de ustedes (o muy pocos) saben: por fin aquí en la vieja Europa me he abandonado a las canas. El tema de las tinturas del pelo fue todo un tema bastante temprano en mi vida. Un problema diría mejor. Odio ir a la peluquería; la cabeza se me blanqueó tempranamente (quizás influencia paterna); mi peluquero porteño, el de siempre, empezó a acosarme para que me tiñera, hasta que, ay, terminó convenciéndome y convirtiéndome así casi en su esclava. Una vez al mes por lo menos tendría que pasar hora y media en ese antro con la cabeza enrollada en una pasta maloliente y pegajosa que me dejaba cada vez el pelo de un color diverso, y nunca a mi gusto. Demasiado rojo ("tía, tu cabeza parece un fósforo" me dijo una vez Gregorio), demasiado rubio, demasiado oscuro; siempre horrible. Y encima cada vez con un aspecto más chamuscado, lanoso, ingobernable. Pero claro, una vez comenzada la cosa, cómo resolverla. Maldito peluquero!
Bueno: aquí, donde no me conoce ni Dios Padre, decidí que me lo iba a dejar crecer, o mejor dicho que me lo iba a rapar casi al ras una y otra vez hasta que no quedara ni rastro de lo teñido. Y así hice.
Pero ocurrió que una tarde de hace ya un tiempo, por noviembre o así, me vi en el espejo con el pelo mal cortado, lleno de canas, triste, la verdad. Y con coraje, decisión y billetera dispuesta a gastar lo que hiciera falta, me adentré en la peluquería más paqueta de Palma: Jean Louis David. Requerida solícitamente por una empleada española, bajita, preciosa, de pelos audaces como buena empleada de peluquería, acerca de qué me iba a hacer, le dije que no sabía: cortarme el pelo, teñírmelo de nuevo, lo que quisieran. Y apareció entonces un francés, el dueño de la peluquería; un tipo grande, morocho y buen mozo que me dijo en un castellano arrastrado "¿tú quieges cogtagte el pelo? yo te lo cogto. ¿Tú quieges teñigte el pelo? Yo te lo tiño. Pego pegmite que te diga que ningún peluquego de este mundo te hagá en la cabeza nada mejog que lo que te han hecho Dios y el tiempo. Si tú quieges teñiglo, yo lo tiño; mejog paga mi caja, me compgendes?; pego te adviegto que cuando te vi entgar me he dicho qué bello pelo tiene esa mujeg y qué magavilla que no se tape sus canas" Ah! Vive la France!, pensé yo. Y qué vivos son los franceses! El tipo me cortó el pelo a máquina; en Jean Louis David no usan tijeras. Y me quedó bien; o al menos me gustó. Y sobre todo me quedó muy cómodo. Se acabó la esclavitud. Ya no más el apremio de taparme las raíces odiosas sí o sí una vez al mes. Sigo yendo a la coquetísima y francesa peluquería palmesana, que además cuesta lo mismo que todas las demás (caro, sí), pero sólo a cortarme el pelo de vez en cuando. Mientras me corta el pelo el francés y yo charlamos, mitad en francés y mitad en castellano, y me ha contado una historia de vida intensa y muy vivida. Evidentemente hay, habemos, en esta isla muchos escapados, por una razón u otra, de sus lugares de origen. La historia de la fuga de mi peluquero francés tiene algo de desesperación y algo de instinto de supervivencia también. En fin, ahora que pienso algo de eso debe haber en la historia de todos los inmigrantes, cualquiera haya sido la causa que los impulsó a partir.
Y lo que quería contarles, para que cuando me vuelvan a ver no se asusten, es que tengo el pelo corto y desplumado, muy, a máquina, y canoso, también muy, y que según el francés me queda "muy majo".

08 mayo 2006

Por fin Bilbao


Ahí tienen la Ría del Nervión, que atraviesa Bilbao, mitad río y mitad mar. Y miren bien la foto porque hubo dos cosas dos (8 grandes bailes 8) que me llamaron mucho la atención de la ciudad; dos cosas que le deben llamar la atención a cualquier viajero porque son muy notorias y le dan a la ciudad una originalidad sorprendente. La primera: Bilbao está como metida en un pozo; para llegar desde Galdakao, por ejemplo, el autobús no hace más que bajar y bajar como si quisiera llegar al subsuelo del mundo. Pero lo segundo: Bilbao está rodeada, literalmente rodeada, de campo verde, que se ve casi desde cualquier lugar de la ciudad, porque se trata de un campo que no tiene absolutamente nada que ver con nuestra idea pampeana de campo. Suaves colinas verde esmeralda, con sus casitas de piedra prendidas en las laderas, con sus ovejas de lanas lacias pastando mansamente ahí, casi encima de la industrial Bilbao. Me habían hablado mucho de la grisura de la ciudad; de un cierto clima opresivo de una ciudad que fue la cuna de la industria en España. Nada de eso vi. Es una ciudad preciosa, cuidada, activa y rodeada de verde.
Pero empecemos por los principios: nada más levantarnos y desayunar Octavio ya me tenía preparado y dispuesto el itinerario, y estaba tan decidido a mostrarme todo el País Vasco en dos días que ahí mismo me sacó como chicharra de un ala, mientras yo, flor de viva, dejaba a Pili preparando el almuerzo. Yo no sé de dónde sacan estos castellanos la vitalidad que desparraman y que contagian. Yo después de dos días de viaje estaba molida; ellos, frescos como lechugas.
Y volvamos a Bilbao: bajamos del autobús, si no recuerdo mal, casi enfrente del Ayuntamiento. Recuerdo el Teatro Arriaga (que Octavio insiste en que le llega a los talones al hibercélebre y criollísimo Colón, y yo lo miro y sonrío, y lo dejo que sueñe. La noche que pasamos en el parador de Cuenca, justamente, llegué a ver en la tele antes de dormirme un documental sobre la vida de Monserrat Cavallé, que preguntada sobre cuál era el teatro con mejor acústica del mundo, respondió con convicción de diva que sin ninguna duda era el Colón de Buenos Aires; nada de Scala de Milan ni Opera de Paris ni mucho menos Arriaga de Bilbao; nones: el Colón de Buenos Aires (ejem!)) que es precioso; la estación de trenes (Estación de la Concordia, creo) que también es lindísima; recuerdo el tranvía, que es peligroso, sí, pero muy pintoresco y muy ecológico. Y otra vez dos cosas de las que más me gustaron de Bilbao: el casco antiguo, al que ellos llaman "las siete calles" y por supuesto el deslumbrante Guggenheim, que tanto tiene que ver con la revitalización de la ciudad entera.
Y vamos por partes: caminando por esas bellas siete calles, que son peatonales y que son siempre la parte que más me gusta de todas las ciudades: esos núcleos que conservan lo más auténtico y lo más íntimo, como si las paredes se ocuparan de preservar el pasado, lo detiene a don Octavio un viajante leonés que anda desorientado y quiere saber dónde podrá comer unos buenos pinchos de bacalao. Yo no sé por qué entre el gentío de paseantes el tal viajante ha elegido justamente a mi compañero de ruta; pero sospecho que el aspecto saludable y obviamente muy bien y sabiamente alimentado de Octavio debe haber tenido algo que ver. Y no andaba el leonés equivocado: no sólo le indicó, sino que allá nos fuimos con el hambriento hasta la Plaza Nueva, a mostrarle dónde podría mitigar placenteramente su deseo. ¿Era la Plaza Nueva? creo que sí; eso pasa por querer recorrer tanto en tan poco tiempo. En todo caso era una de esas típicas plazas españolas pobladas de restaurantes, bares de pinchos y tapas, perfumes que salen de todas las puertas, el paraíso del buen comer y el buen beber. Y el hombre hasta lo invitó a acompañarlo en la mesa y beber con él una copa de buen vino. Pero Pili nos esperaba con el almuerzo, y teníamos todavía que visitar a Monika (así, con k) la hija y colega de Octavio, que atiende en un centro de salud del pleno centro bilbaíno.
Monika, como su padre, como su madre, como Diocleciano, respira simpatía y calidez. Agotada de trabajo nos acompañó a tomar un cafetito, me dio charla y amistad en dos minutos. Y entre otras cosas me contó que se iba al día siguiente a recorrer una parte francesa del camino de Santiago, que la tiene llena de entusiasmo.
En la mañana primaveral y alegre de Bilbao hubo tiempo para llegar al borde del Parque de doña Casilda, para pasear tranquilamente charlando por la rambla de la ría, para maravillarme con el Guggenheim, que es como un milagro de la arquitectura, con su perrito de flores frescas como emblema, y todavía para reposar en el refugio de sosiego y música del bar El Tilo: un cafecito casi minúsculo que encierra una burbuja de armonía y de sonidos en el centro de Bilbao.
Y vuelta a casa, que Pili tiene ya lista hasta la mesa y comeremos y beberemos antes de irnos a la cabaña, el paraíso agreste de los Fernández Zotes, en el valle de Ayala.

07 mayo 2006

Ahí abajo

Habrán leído, si leyeron con cuidado, un disparate ortográfico, que me quedó rondando media tarde, mientras tomaba sol en la Cala Comtesa y leía tranquilamente a un siciliano al que le ha dado por escribir novelas negras y homenajear con ellas francamente a Vázquez Montalbán: el detective estrella del siciliano se llama Montalbano; no lo tiene al inefable Biscuter, pero tiene en cambio una "asistenta" (leo traducción española que llama "frigorífico" a la heladera y para putear a alguien dice cosas tales como "que te den por el culo" o "me cago en tus muertos", cosa que seguramente no diría un siciliano, y muchísimo menos un traductor argentino; en pocas palabras: la literatura española es para mí absolutamente maravillosa; toda; la de todas las épocas quiero decir. Pero los traductores españoles me resultan desastrosos; por alguna razón que no comprendo no pueden despegarse del castellano más ramplón y más españolísimo, con lo que consiguen que los escritores de cualquier lugar del planeta, desde un chino hasta un siciliano, suenen a compadrito (chulo que dirían ellos) del bajo Madrid. Horroroso. Ni quiero decirles de esta manía de insistir en traducir el cine, que da como resultado encontrarte al mismísimo Humphrey Bogart exclamando "coño, joé!". Imposible; hasta las escenas más memorables del cine clásico se te convierten en un monólogo de Gila. Y cierro el paréntesis, sí, ya voy) y sigo: una asistenta que le deja preparada la comida al tal Montalbano y que el narrador se encarga de detallarnos con una minuciosidad capaz de abrirle el apetito a un muerto. Huellas. Huellas de escritores españoles en Sicilia.
Pero vamos al tema: si leyeron con cuidado habrán leído por allí "Dioclesiano". Bueno, no. Es Diocleciano. Ya lo corregí, pero la verdad es que el nombrecito me distrajo como 20 páginas de amena novela siciliana, leída al sol primaveral de Mallorca. Obsesiones que una tiene. Saluti a tutti.

"Pero volvamos donde dejamos la narración"

El título no es mío: es de una canción de Jairo que a mí me encanta (creo que se llama El bar Unión), y ahora mismo me viene la frasesita de la canción como anillo al dedo, así que me la apropio.
Para quienes no se han tomado la molestia de leer con frecuencia esta cosa (están no sólo disculpados, sino amplia y sinceramente justificados: soy larguera, y para mí misma bastante aburridora), les cuento que estaba yo relatando, con interrupciones siempre, pero relatando, mi excursión a la Península (ya me amallorquiné y le digo yo también la Península a lo que siempre le dije España, y ay qué manera de poner paréntesis) en la amigable y generosa compañía de Pili y Octavio, que finalmente como le vaticiné la primera vez que hablé con él, terminó siendo mi Virgilio. Así que pasadas ya las turbulencias de las noticias porteñas de los últimos días, voy a retomar la narración de ese viaje inolvidable, para llegar a Bilbao.
Dejamos atrás Soria, en mitad de la tarde del miércoles, apenas un día después de haber salido de Valencia y a mí me parecía que habían pasado meses, y nos encaminamos hacia esas montañas nevadas todavía, que deberíamos atravesar para llegar a La Rioja, la de los buenos vinos, sí.
Por uno de esos milagros de la vida Octavio accedió a cederme el volante, y aunque un poco temeroso permitió que cruzáramos el puerto de Piqueras (1710 metros, apenas una sierra) conmigo manejando. Es curioso cómo cambia el paisaje de un lado y otro de ese puerto. Del lado castellano: nieve, tierra que parece dura, árida, parda. Del lado de La Rioja todo es verde; la primavera explotando en la floración de los frutales, los viñedos, la pradera reverdecida y brillante. Bordeando el camino que nos lleva hacia el norte todo son árboles en flor, blancos, rosados, amarillos y esos tonos verdes brillantes y prometedores del brote nuevo.
Finalmente, en el último tramo del viaje, tomamos la autopista que nos llevará derechito hacia Bilbao, hacia Galdakao, hacia la hospitalidad y el remanso de la casa de mis amigos.
Y llegamos por fin tal como Octavio había calculado, casi con la precisión de un relojero, cuando se acababa el día. La primera impresión de Galdakao es auspiciosa: un suburbio de Bilbao, sí, pero un suburbio con personalidad y vida propia. Octavio y Pili viven en un piso sobre una calle muy comercial, muy vital, poblada de bares, librerías, bancos, gente que va y viene, animada y tranquila a la vez, parecida a ellos mismos.
Y encuentro ni bien entrar que Pili ha hecho de su casa su reino, y un reino construido a fuerza de buen gusto pero también de vida. La casa de mis amigos es una casa coqueta, con bellos cuadros, con muebles antiguos y bellísimos, amplia, luminosa, pero no de revista de decoración. La casa de mis amigos está poblada de libros, de rincones de vida muy vivida, esos lugares donde a uno no le da miedo tocar algo o mover un cenicero de lugar. Y allí, recién llegada, conozco a Gustavo, el único hijo varón de Octavio y Pili, que me resulta igual de cálido y de hospitalario que sus padres. Por alguna razón Gustavo no hubiera querido llamarse Gustavo. Como nos pasa a todos, nuestro nombre nos parece demasiado común, o demasiado raro, o demasiado corto, o demasiado largo. Gustavo hubiera preferido llamarse...Diocleciano!!!! Así que así lo llamaré: desde hoy mismo será para mí Diocleciano, un joven un poco vasco, un poco castellano, inteligente, con un sentido del humor delicado y agudo, y una pasión tan descontrolada por la historia que es capaz de quedarse hasta la madrugada escuchando a una porteña charlatana que apenas conoce y que le ha invadido la paz del hogar. Diocleciano tiene la sonrisa fácil y seductora de su madre, y la mirada melancólica de su padre. Ah! y casi me olvido: goloso además; por suerte traíamos yemas con chocolate de Soria, que Diocleciano y yo nos disputaríamos como buenos chocolateros en el curso de las sobremesas. Ojalá un día quisiera visitarnos en Mallorca; sería para mí un enorme placer poder retribuirle de algún modo su hospitalidad y su paciencia (aguantarme a mí hablando de Argentina o de Borges no es fácil, yo lo sé) y volver a charlar con él, y habiendo como hay aquí buenas chocolaterías, y ensaimadas, y cocas de patata de Valldemosa, quizás se tiente.
Pero por hoy los dejo aquí. Al fin de un día que empezó en la sorprendente Cuenca y terminó en la hospitalaria Galdakao, estamos muy cansados. Así que a dormir, que al día siguiente nos esperaba por fin el País Vasco.

05 mayo 2006

Del otro lado de la luna

Como algunas otras veces en este tiempo, como cuando faltaba poco para venirme para acá y me iba separando de cada cosa de lo que había sido mi vida hasta entonces; como cuando me tocó ver a Rubén despedirse de los chicos y quebrarse en llanto, y acompañarlo después al aeropuerto y verlo partir sin saber cuándo ni cómo ni dónde volveríamos a reunirnos; como en los primeros meses aquí, sin terminar de entender qué había pasado, ni qué estaba haciendo yo tan lejos de mi casa, esta semana que pasó estuve, otra vez, del otro lado de la luna, el lado oscuro, el lado desconocido y solitario.
En la lejana Buenos Aires mamá tuvo un infarto. Y quizás eso no fue lo peor, y prefiero dejarlo allí. Mi hermana, mi única hermana, ha tenido que tomar decisiones de vida o muerte en soledad, cargando con toda la responsabilidad y el temor.
En casa siempre se contó como una anécdota de celos fraternales que cuando yo nací, alguien de la familia y que he olvidado (porque evidentemente el inconsciente es sabio) le preguntó a Cristina, que andaba cerca de los 5 años, si quería a "su hermanita" (típicas ocurrencias de adultos crueles, tanto la formulación de la pregunta a una nena que acaba de sentirse destronada por la llegada de un hermano, como después la reiteración del cuento hasta la náusea, para ella y para mí. Y después nos quejamos de la crueldad de los niños), y que ella contestó con la frescura y la verdad de la inocencia infantil: "sí, la quiero mucho; van a ver cuando se muera cómo voy a llorar". Supongo que como todos los chicos habrá preferido durante mucho tiempo ser hija única, conservar para sí todas las prerrogativas de la exclusividad filial. Y supongo también que nunca habrá sentido que le hacía falta su hermana más que en estos días. Y yo, como tantas veces, no estaba allí.
Mamá está otra vez en su casa; para todo lo que pasó puede decirse que bien, muy bien. Y vayamos mejor a las buenas noticias que tuvo esta semana que pasó, porque siempre hay de todo en la vida, y suele venir mezcladito.
Joaquín empezó a trabajar el 1 de mayo (será un buen presagio eso de empezar a trabajar el día del trabajo?). Y está muy contento; hoy se cumple su primer semana laboral y todo es novedad y todo lo sorprende. Pero también es cierto que se trata de una tarea para nada rutinaria, y que creo que a no ser por el agobio de levantarse de madrugada, lo mantendrá interesado mucho tiempo.
Y finalmente la noticia bomba del año: Agustina, mi sobrina, mi querida Agustina, me ha anunciado por correo electrónico (estamos muy modernos) que se casa a comienzos de agosto. Cuando me enteré de que Agustina iba a nacer también estaba en Europa. Entonces me anoticiaron por teléfono y con operadora, y yo tenía poco más de 20 años y paseaba por Londres. Ha pasado tiempo, pero parece que las dos vamos cumpliendo un destino argentino: la diáspora, el desparramo, unos por aquí, otros por allí. En fin.
Ahora, aliviada por fin después de las palizas de las noticias porteñas de la semana pasada, retomaré el relato del viaje por España, por la otra España, la peninsular, la que cada día me parece más la España de verdad.